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Trabajo de Grado

LOS DERECHOS DE PERSONAS CON ORIENTACIÓN Y/O PRÁCTICAS HOMOSEXUALES Y SUS DESAFÍOS ÉTICOS PARA LA IGLESIA

 

 

Enrique Daniel Rodríguez Sánchez

TRABAJO DE GRADO PRESENTADO COMO

REQUISITO PARA LA OBTENCIÓN DEL TÍTULO DE

LICENCIATURA EN TEOLOGÍA

ASUNCIÓN

JULIO, 2007

 

DEDICATORIA

A la iglesia latinoamericana

 que lucha por hacer una teología pertinente

 a la realidad en la que ha sido llamada a servir.

A los hombres y mujeres

que dedican sus vidas a combatir

la injusticia y la desigualdad social.

A los jóvenes creyentes

que heredan el desafío de ser iglesia

en medio de una sociedad convulsionada.

A los hombres y mujeres cristianos

que con su ejemplo modelan

el ideal divino de género, pareja y familia.

 

AGRADECIMIENTOS

A Dios, por la oportunidad de reflexionar sobre su obra en América Latina,

y de actuar consecuentemente a favor de ella.

A mi esposa, por su amor y respaldo,

y por sus desafiantes charlas al respecto de mi tema de estudio.

A mi hijo, por motivarme a legarle un mundo mejor,

 y por todo el tiempo que a causa de este trabajo le adeudo.

A mis padres y hermanos, por inculcarme el amor a Dios y a su obra,

 y por hacer suyo mi proyecto de estudios.

A mis padres, hermanos y amigos paraguayos, por reflejarme el amor de Dios,

y por cuatro años sin dejarme sentir extranjero.

A mis profesores y compañeros de estudio, por desafiar mi intelecto,

 y por moldear mi carácter.

A la Iglesia Raíces Hermanos Menonitas y a la Iglesia Cristiana de Paz en México, por su bendición y confianza, y por la oportunidad de aprender y servir a Dios en medio de ellos.

A los jóvenes de ambas iglesias, por hacerme parte de su mundo,

y por permitirme ser testigo del obrar de Dios en sus vidas.

A MBMSi, por todo su respaldo, y por su servicio constante.

RESUMEN

            En su misión de ser sal y luz del mundo, la iglesia debe enfrentar situaciones sociales como la lucha por los derechos de los homosexuales, que le desafían a evaluar y replantear sus costumbres, posturas y estrategias. La iglesia está llamada a trabajar por la dignificación del ser humano y también a denunciar activamente el pecado en el mundo. Al tratar de dignificar la vida de las minorías no heterosexuales, sin validar o promover al mismo tiempo sus prácticas pecaminosas, la iglesia enfrenta una serie de desafíos éticos, que en algunos casos le han llevado a cometer errores. En medio de este proceso la iglesia está llamada a trabajar para dignificar al ser humano, denunciar tanto los pecados de la homosexualidad como los de la discriminación, anunciar salvación y restauración al homosexual, modelar el ideal divino de género, pareja y familia, y educar y formar la opinión de la sociedad.

Introducción

A. Planteamiento del Problema.

En su rol como formadora de opinión, existen dos factores que han limitado a la iglesia evangélica actual a la hora de hacer acto de presencia en los grandes temas de discusión de la sociedad. Uno es la falta de una postura definida ante temas que representan desafíos éticos y otro es la falta de conocimiento e información adecuada. Tal es el caso de las libertades de las minorías. Seguir el ejemplo de Jesús debería impulsar a todo creyente a manifestarse de forma activa a favor de la defensa de dichos grupos y buscar la dignificación de su estilo de vida. La dificultad aparece cuando su condición de minorías está determinada por prácticas y costumbres contrarias a la ética bíblica que la iglesia profesa.

Un ejemplo claro de esto sería la libertad de las minorías sexuales: homosexuales, lesbianas, transexuales, bisexuales y trabajadores del sexo. Por una parte, está su derecho a los servicios de salud, educación y trabajo como cualquier otro ser humano y la iglesia está en cierta forma obligada a manifestarse en favor de estos derechos, pero por otra parte están los derechos de terceros para exigir ambientes donde estudiar o trabajar libres de tales modelos de conducta. Mayor aún es la dificultad que se presenta a la hora de pretender defender los derechos de tales minorías y lograr hacerlo sin al mismo tiempo mostrar aceptación o incluso promover sus prácticas y costumbres.

Para poder establecer una postura adecuada a la realidad actual y coherente con los postulados bíblicos, se deberá responder primero a las siguientes preguntas básicas: ¿Está un homosexual condicionado a su estilo de vida? ¿Es la homosexualidad un pecado, una enfermedad o una opción sexual tan natural como la heterosexualidad? ¿Es posible culpar a una persona homosexual por tener una preferencia sexual diferente? ¿Es la elección de la preferencia sexual un derecho natural del ser humano? ¿Puede un homosexual dejar de serlo? Más aún, ¿Necesita un homosexual dejar de serlo? Respondiendo a estas preguntas será factible plantear una nueva serie de cuestionamientos: ¿Existe una postura cristiana que responda a dicha problemática librando los desafíos éticos que conlleva? ¿Existen elementos en la lucha de los homosexuales y lesbianas que sean dignos de rescatar y que comprometan a la iglesia a manifestarse activamente a favor de ellos? ¿Existe una dimensión en el conflicto que deba ser denunciada y señalada como pecado en base al llamado profético de la iglesia? ¿Tiene el evangelio algo que ofrecer a homosexuales y lesbianas? Estas cuestiones proporcionan la base para la presente investigación.

B. Justificación

En este difícil debate sobre la homosexualidad, una de las más grandes desventajas que han tenido las iglesias evangélicas, es sin duda la actitud deshumanizante y carente de amor y misericordia con que gran parte de ellas han enfrentado el tema. Es apreciación del autor que históricamente las iglesias han optado por los extremos a la hora de definir sus posturas al respecto. O se señala el pecado, descartando al mismo tiempo a la persona, o por el contrario se dignifica a la persona mientras se ignora su condición de pecador. Independientemente de la fuerza y coherencia de los argumentos cristianos en medio del debate, una actitud no cristiana hace que el sentido común favorezca a los defensores de las prácticas homosexuales. Esta actitud ha contribuido a que quienes practican la homosexualidad se alejen más de Cristo, en quien la iglesia proclama está la solución a su problema.

            Ante el pecado de la práctica homosexual, los creyentes deben apostar por una postura bíblica, humanizante y restauradora, fundamentada en el amor y la misericordia que como seguidores de Jesucristo les merece cualquiera que sufre bajo el engaño del pecado. De ahí la importancia de realizar una investigación más profunda del tema a fin de recabar información adecuada que permita proponer una postura que mejor refleje la ética bíblica, señalar el pecado y dignificar al pecador. Esta investigación resulta especialmente relevante para los intereses ministeriales del autor, debido a las dimensiones actuales del problema en la ciudad de Guadalajara (considerada la capital gay de México), y la tendencia actual en las grandes urbes de América Latina de tolerar e incluso alentar a los movimientos y manifestaciones de homosexuales y lesbianas, en honor a una nueva tolerancia cultural. 

C. Objetivos

            Entre los intereses primordiales del presente trabajo, se pueden enumerar los siguientes objetivos:

  • Analizar la realidad actual de la presencia de gays y lesbianas en América Latina.
  • Investigar y analizar datos fehacientes a nivel social sobre los contenidos del debate actual respecto a la homosexualidad y la problemática ética resultante.
  • Describir las principales exigencias de los grupos defensores de los derechos de gays y lesbianas así como sus principales exponentes en la actualidad.
  •  Estudiar y describir las principales reacciones de la comunidad evangélica ante la problemática de los derechos de gays y lesbianas, y confrontarlas críticamente con parámetros y principios bíblicos.
  • Analizar los distintos dilemas éticos que la temática representa al cristianismo moderno, exponiendo claramente los distintos puntos en tensión, a fin de posibilitar la toma de posturas que más se adecuen al ideal bíblico.
  • Proveer material que permita hacer una mirada crítica no sólo a la problemática de los derechos de gays y lesbianas, sino principalmente a la reacción evangélica (o la falta de esta), con el fin de hacer acto de presencia en el debate público, y delimitar mejor las áreas de apoyo y las áreas de denuncia en dicho debate.
  • Traer a la luz los principios bíblicos que mejor respondan a esta necesidad actual.

 

D. Delimitación

            El presente trabajo estudia el dilema ético referente a la lucha por los derechos de homosexuales, incluyendo a gays, lesbianas, transexuales y bisexuales (Grupo al cual denominaremos “GLTB”), enfocando principalmente la situación en América Latina y presta especial atención a la problemática en el Paraguay, debido a la accesibilidad de la información. No obstante, en algunos capítulos se ha considerado información a nivel internacional (principalmente a través de Internet), con el fin de ilustrar o contrastar la realidad local con la tendencia global respecto al tema de estudio. Por razones prácticas se ha omitido el caso de los/as trabajadores/as del sexo. Las citas bíblicas han sido tomadas de la versión Reina-Valera 1995.

I. La homosexualidad a la luz de la actualidad

            Mientras para algunos segmentos de la sociedad, hablar de la diversidad de orientaciones sexuales continúa hoy en día siendo un “tabú”, otros segmentos realizan (cada vez con más éxito) grandes esfuerzos por la aceptación de las opciones no heterosexuales como algo absolutamente natural. Como en todo tabú, la homosexualidad es un tema en el que resulta difícil llamar a cada cosa por su nombre. El Diccionario define tabú como: “la condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar” (DRAE, 2007). Así cada sociedad desarrolla distintos términos para referirse a homosexuales y lesbianas, la mayoría de estos términos son peyorativos y con una gran carga de discriminación. Esta diversidad de términos y expresiones junto con un rechazo casi repulsivo, sumerge a la homosexualidad en un ambiente de confusión y desconocimiento generalizado.

 

A. Definiciones

            De lo antes mencionado surge la necesidad de conocer los términos correctos y sus definiciones precisas a fin de poder abordar el tema de la forma más seria y apropiada.

 

1. Homosexualidad[1]

            Existen gran cantidad de definiciones de homosexualidad, que van desde las más complejas y específicas, hasta las más sencillas y generales. Mientras la heterosexualidad hace referencia a la inclinación sexual hacia el otro sexo y/o a la práctica de la relación erótica entre personas de sexos opuestos (DRAE, 2007), la homosexualidad se refiere a la inclinación hacia la relación erótica con individuos del mismo sexo y/o a la práctica de dicha relación (DRAE, 2007). Obsérvese que ambas definiciones describen tanto una inclinación o tendencia como una práctica. Reconocer la diferencia entre estas dos dimensiones de la homosexualidad resultará clave para definir posturas acertadas ante ella. Además de inclinaciones y prácticas sexuales, la homosexualidad se refiere a la atracción afectiva y emocional entre personas del mismo sexo (AACAP, 2004; Rosas, 2007; Stamateas, 1999:122).

2. Homosexualidad femenina o lesbianidad

            La palabra homosexual puede designar tanto la orientación entre hombres como entre mujeres, no obstante la palabra se usa mayormente para describir la orientación y práctica homosexual masculina mientras que a las mujeres homosexuales se les llama lesbianas (AACAP, 2004; DRAE, 2007; LaHaye, 1998: 20,21; Rosas, 2007; Vargas, 2000: 61; Vidal 1981: 10,11; Ward,  1984: 133). Respecto al término lesbianismo, algunos sectores de la población no heterosexual señalan que “debería decirse lesbianidad (calidad de lesbiana), ya que la terminación ismo es peyorativa, tal como sucede con la palabra homosexualismo” (Rosas, 2007).

3. Bisexualidad

            La homosexualidad suele distinguirse de la bisexualidad o condición de bisexual, entendiéndose por bisexual a la persona que alterna las prácticas homosexuales con las heterosexuales (DRAE, 2007; Encarta, 2007; Rosas, 2007).

4. Gay

El término gay significa homosexual en inglés y se ha empleado en los últimos años para designar a mujeres y hombres homosexuales, aunque generalmente se usa hablando de un hombre homosexual. Más específicamente se usa este término para denominar al hombre homosexual que no reniega de su orientación sexual y que acepta los modismos culturales aceptados convencionalmente para tal condición (DRAE, 2007; Encarta, 2007; Rosas, 2007).

 

5. Transexualidad 

            Es el término usado para referir la cualidad o condición de transexual, entendiendo por transexual a una persona que se siente del otro sexo, y adopta los atuendos y comportamientos del género con el cual se identifica, así como aquella persona que mediante tratamiento hormonal e intervención quirúrgica adquiere los caracteres sexuales del sexo opuesto (DRAE, 2007). De tal manera que todo transexual es homosexual, mas no todo homosexual es necesariamente un transexual ya que muchas personas con orientación homosexual no niegan su género genético ni se identifican con el sexo opuesto.

6. Travestidad 

            Transexualidad y travestidad son dos conceptos relacionados que no deben confundirse (Rosas, 2007). La travestidad es la práctica que consiste en el uso de las prendas de vestir del sexo opuesto. Es decir que, un travesti es la persona que, por inclinación natural o como parte de un espectáculo, se viste con ropas del sexo contrario (DRAE, 2007), esto puede ser una simple excentricidad heterosexual y no siempre es una orientación sexual diferente de la heterosexualidad. Aunque el término comúnmente utilizado es travestismo se sugiere aplicar la misma lógica utilizada con referencia al término lesbianismo/lesbianidad a fin de eliminar la terminación peyorativa ismo.

7. Pseudo heterosexualidad

            Es la condición de heterosexualidad fingida en personas con orientación hacia la actividad homosexual, debida principalmente a la presión e intolerancia social o religiosa hacia los homosexuales o por las propias convicciones morales. Estos factores obligan a los homosexuales a esconder su orientación, lo que en inglés se llamó estar ‘in the closet’, es decir, en el armario (Rosas, 2007). Salir del armario se refiere entonces al hecho de asumir la propia orientación homosexual y adoptar sus prácticas.

 

8. Discriminación

            En términos generales, hablar de discriminar se refiere a seleccionar. Sin embargo, la idea apunta más a la actitud de rechazo que se manifiesta en seleccionar excluyendo especialmente por razón de sexo, raza, lengua o religión. Es dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc. (DRAE, 2007).

9. Tolerancia/Intolerancia

            El Diccionario de la Lengua Española define tolerancia como: “Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias” (DRAE, 2007). “La tolerancia tradicional valora, respeta y acepta al individuo sin necesariamente aprobar o participar de sus creencias o modo de actuar. La tolerancia tradicional hace diferencia entre lo que una persona piensa o hace y la persona misma” (McDowell, 1999: 26). Sobre la base de esta definición de tolerancia, se puede definir a la intolerancia como la falta de respeto a ideas, creencias o prácticas de otros por ser diferentes o contrarias a las propias. En este sentido, en comparación con la discriminación, la intolerancia denota una actitud más activa y manifestaciones más agresivas en contra de lo que es diferente.

10. Nueva tolerancia

            McDowell y Hostetler señalan que el concepto de tolerancia tan fuertemente utilizado en la actualidad difiere en su contenido e implicaciones con el significado tradicional de la palabra reflejado en el diccionario. Para hacer una diferenciación ellos llaman a este nuevo concepto nueva tolerancia. Esta nueva tolerancia está basada en la idea de que la verdad es relativa a la comunidad en la cual la persona participa y por haber muchas comunidades diferentes, existen también muchas verdades diferentes e igualmente válidas. De tal forma que según la nueva tolerancia para ser verdaderamente tolerante hay que estar de acuerdo en que la posición de la otra persona es tan válida como la propia (McDowell, 1999: 23, 34).

 

 

11. Homofobia[2]

            Es la aversión obsesiva hacia las personas homosexuales, el odio, miedo, prejuicio o discriminación contra hombres o mujeres homosexuales, aunque también se incluye a las demás personas que integran a la diversidad sexual, como es el caso de bisexuales y transexuales (DRAE, 2007; Rosas, 2007). Es decir que, homofobia describe toda actitud y manifestación de discriminación o intolerancia hacia las orientaciones no heterosexuales.

            Una vez desarrolladas las definiciones pertinentes al tema en estudio, es importante dar una mirada a la realidad actual de los movimientos y la lucha por los derechos de grupos GLTB a fin de dimensionar de forma adecuada la problemática que la iglesia debe enfrentar.

 

B. Actualidad de los movimientos y la lucha de los GLTB

            Para el pensamiento moderno es cada vez más común ver a la homosexualidad como normal, como una parte de la amplia gama de expresiones de la sexualidad (AACAP, 2004) que debe ser respetada e incluso potenciada. Montiel Parra afirma: 

Esto es natural y lo tenemos muy claro. Cuando se nace con información homosexual nada los cambiará, ni siquiera cumpliendo los esquemas de colores azules y rosados, o creer que serán machitos porque su papá cumpla con el rol masculino. Es inevitable. Lo más importante es apoyarlos emocionalmente y entender que su orientación sexual es diferente a la del resto. […] la mayoría de las personas son heterosexuales y la minoría son homo, o bisexuales. Los homosexuales tienen una variante normal de su orientación sexual. No podemos considerarlos malas personas, ni pervertidos. En el seno familiar deben recibir amor y la oportunidad de llevar una vida sexual sana, integralmente, que no sea lesiva para nadie. Aunque muchos lo duden, ese pequeño porcentaje de la humanidad es feliz dentro de su orientación sexual” (Montiel, citado en García, 2004).

 

Hoy en día la iglesia no sólo enfrenta una homosexualidad mejor vista por la sociedad sino que esta le ha otorgado también mayores concesiones que en casos extremos ponen en riesgo a terceros, como lo son los niños. Un ejemplo es el caso que una revista católica española publicó en Internet sobre “La Asociación de Amor Hombre/Niño de Norte América” (NAMBLA, por sus siglas en inglés) que defiende el derecho de los hombres de tener relaciones sexuales con menores.[3] Al respecto la publicación señala:

Los sodomitas ya no se conforman con tratar de hacer que les ‘aceptemos’ en su depravada conducta pecaminosa, ellos quieren más: Matrimonio como las parejas normales, adopción de inocentes niños huérfanos (¡Ojalá el Señor Venga antes de que lo consigan!), y lo que es peor, quieren que se legalice la pederastia con una asociación que ellos llaman ‘Asociación para el amor entre hombre y niño’ (IESPAÑA, 2004).

 

No obstante, este sería, como ya se ha señalado, un caso extremo en el cual no existe ninguna dificultad para definir una postura adecuada, el rechazo. La realidad es que las exigencias de las organizaciones de GLTB por lo general son exigencias más cercanas a los derechos humanos legítimos y por ende resulta más difícil trazar límites y definir posturas de apoyo y/o denuncia.

 

1. Presencia GLTB

            Existen datos que señalan que en Paraguay la presencia de organizaciones GLTB es una realidad recién a partir de la segunda mitad de la década de los 90 (GAG-LT, 2005: 194). Los grupos reconocidos con mayor actividad en la actualidad son: 1) CHOPA (Comunidad Homosexual Paraguaya), con personería jurídica desde 1999 y fuerte influencia en los bares y centros de reunión; se conforma principalmente de homosexuales de clase media y clase media baja. 2) GAG-LT (Grupo de Acción Gay Lésbica) que aglutina a universitarios y personas de clase media alta. 3) ParaGay, asociación civil sin fines de lucro. 4) AIREANA, grupo por los derechos de las lesbianas. Y 5) Diávolo, grupo informal de amigos de clase media o clase media alta. Asunción cuenta con cuatro centros de reunión y entretenimiento GLTB: Malicia, discoteca con entretenimiento, espectáculo, lugar de encuentro y contacto sexual; Stop Bar, discoteca con lugar de encuentro, espectáculo y contacto sexual con población travestida; Milenio, discoteca con entretenimiento y espectáculo; y, Punto G, discoteca y bar con día lésbico y día HSH[4] (ASICAL, 2004; ParaGay, 2007).

            Cabe señalar que las organizaciones oficiales de GLTB cuentan con vínculos internacionales y forman parte de movimientos que aglutinan a homosexuales y luchan por sus derechos en el mundo. Por ejemplo, CHOPA realiza talleres y otras actividades en Paraguay en colaboración con SIGLA (Sociedad de Integración Gay Lésbica Argentina) y ASICAL (Asociación para la Salud Integral y Ciudadanía en América Latina y el Caribe). Esta última representa a las siguientes organizaciones GLTB: Arco-Iris, Rio de Janeiro, Brasil; Centro Académico de Estudios Homoeróticos de la Universidad de Sao Paulo, Brasil ; Grupo Dignidade, Curitiba, Brasil; Grupo Equidad, Quito, Ecuador; Grupo Gay de Bahia, Salvador, Brasil; Movimiento Unificado de Minorías Sexuales, Santiago, Chile; Letra S, México, D.F., México; Liga Colombiana de Lucha contra el SIDA, Bogotá, Colombia; Organización de Apoyo a una Sexualidad Integral frente al SIDA, Guatemala, Guatemala; Sociedad de Integración Gay Lésbica Argentina, Buenos Aires, Argentina; Cedosex, Argentina, y ABGLT, Brasil. Por su parte GAG-LT, ParaGay y AIREANA son miembros de la International Lesbian & Gay Association (ILGA), Organismo Internacional de Articulación de Organizaciones GLTB.[5] Además trabajan en estrecha colaboración con ONG´s como: CODAHUPY (Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay), Amnistía Paraguay, CDE (Centro de Documentación y Estudios), Fundación Vencer, etc. (ASICAL, 2004; ParaGay, 2007; AIREANA, 2006).

            Los últimos años se han caracterizado por una mayor difusión de temas que hacen a la orientación homosexual. Radios, televisión y periódicos han invertido tiempo y dedicado espacios a las luchas de organizaciones GLTB tanto a nivel nacional como internacional (GAG-LT, 2005: 202). ParaGay cuenta con el primer y único portal web gay de Paraguay (www.paragay.org) que ofrece foros de discusión, chat, acceso a información, guías sobre salud, sexualidad, etc. ParaGay también realiza la producción y conducción de un programa de radio semanal llamado ParaGay Interactivo, con el apoyo institucional de la emisora comunitaria Radio VIVA. Así mismo, los domingos a las 22 horas se puede escuchar el programa radial Dios los cría, a través de RGS Radio, 94.3 FM (Dios los cría, 2007; ParaGay, 2007). Aparte de esto hay una gran cantidad de comunidades y foros GLTB existentes en la Internet.

 

2. Lucha GLTB

            En la actualidad la vanguardia de la lucha por los derechos de GLTB se encuentra en la Unión Europea. “Varios gobiernos europeos han demostrado apertura ante los reclamos de los derechos del sector gay, lésbico y transgénero reconociendo uniones legales, adopción de hijos/as, como también beneficios sociales a parejas” (GAG-LT, 2005: 194). Un caso concreto es la ley que regula el matrimonio entre personas del mismo sexo y que abre la adopción a estas parejas que fue aprobada definitivamente el 30 de junio de 2005 por el Pleno del Congreso de los Diputados de España, con 187 votos a favor, 147 en contra y cuatro abstenciones (Rodríguez, 2005: 42). Sin embargo, los países americanos no han quedado fuera de este movimiento generalizado como lo indica una publicación en Internet:

El contexto latinoamericano pinta un panorama auspicioso en cuanto al futuro de las conquistas de las reivindicaciones para el sector homosexual […]. La ciudad autónoma de Buenos Aires (Argentina) cuenta actualmente con la Ley de Unión Civil entre personas del mismo sexo y el mismo caso se da en algunos estados del Brasil. En América del Norte, México es reconocido por sus años de luchas y el Congreso canadiense ha dado su voto a favor del matrimonio entre homosexuales (GAG-LT, 2005: 194).

            El Paraguay no es la excepción en lo referente a la lucha por la aceptación de las opciones no heterosexuales y el reconocimiento de los derechos de quienes las practican. La Constitución Nacional, promulgada en 1992, reconoce en su artículo 46 la igualdad de todas las personas y dispone que todos los habitantes de la República son iguales en dignidad y derechos y que no se admiten discriminaciones. También establece que el Estado removerá los obstáculos e impedirá los factores que las mantengan o las propicien. No obstante, hasta la fecha dicho artículo carece del cuerpo legal adecuado para su implementación (GAG-LT, 2005: 195; AIREANA, 2006). Con el motivo de reglamentar el artículo 46, el senador Carlos Filizzola ha presentado el proyecto de ley contra toda forma de discriminación[6] que incluye entre sus intereses, resguardar a las minorías sexuales de la práctica de la discriminación en ámbitos como el laboral, el educativo, el de salud, etc. Esta ley ha causado la inconformidad de gran parte de las iglesias cristianas debido principalmente al contenido de sus artículos 6º y 7º que dicen:

Artículo 6º- Definición de discriminación. A los fines de la presente Ley, “discriminación” es toda distinción, exclusión, restricción o preferencia que se establezca por motivos de raza, color, linaje, origen nacional, origen étnico, idioma, religión, opiniones políticas o de cualquier otra índole, incluida la afiliación a un partido o movimiento político, origen social, posición económica, edad, sexo, orientación sexual, identidad de género [énfasis del autor], estado civil, nacimiento, filiación, estado de salud, discapacidad, aspecto físico o cualquier otra condición social, que tenga por propósito o resultado menoscabar, impedir o anular el reconocimiento, disfrute o ejercicio, en condiciones de igualdad, de los derechos, libertades y garantías reconocidos a todas las personas en la Constitución, en los tratados internacionales de derechos humanos ratificados por la República del Paraguay o en la legislación nacional, así como en cualquier otra esfera de la vida pública.

Artículo 7º- Criterios de determinación. La determinación de la raza o el color, el origen étnico, la orientación sexual y la identidad de género se basará en la autodefinición [énfasis del autor] de la persona interesada (AIREANA, 2006).

            La preocupación de las iglesias que se han manifestado en contra de este y otros proyectos de ley, se debe a la inclusión de los grupos GLTB como objeto de protección legal contra la discriminación y la figura legal de autodefinición en cuanto a la orientación sexual. Además de esta ley, en el 2004, el mismo senador Filizzola presentó un proyecto de ley para la creación del Programa Nacional de Prevención y Asistencia a las Víctimas de Delitos Sexuales. Al ser revisado, las comisiones del Senado le cambiaron el nombre con el propósito de vincular el proyecto a la legislación vigente, principalmente al Código Penal que tipifica y penaliza diversos hechos contra la autonomía sexual.[7] Pasó a llamarse entonces Ley “Que crea el Programa Nacional de Prevención y Asistencia a las Víctimas de Hechos Punibles contra la Autonomía Sexual y contra Menores” (Bareiro, 2005: 24). Según la propuesta de ley, los objetivos del programa son:

a) garantizar el respeto, protección y ejercicio de los derechos humanos a las víctimas de hechos punibles contra la autonomía sexual y contra menores;

b) implementar servicios integrales, específicos, expeditivos, accesibles y gratuitos para la asistencia médica, psicológica, social y jurídica a las personas víctimas de hechos punibles contra la autonomía sexual y contra menores;

c) promover la coordinación intersectorial para la implementación de acciones destinadas a la prevención, la asistencia y la rehabilitación de las personas que sufren los efectos de los hechos punibles señalados en esta ley;

d) disminuir la morbilidad de las personas víctimas de estos delitos;

e) prevenir enfermedades de transmisión sexual y el VIH/SIDA, asegurando las prestaciones de emergencia;

f) arbitrar procedimientos que eviten la revictimización derivada de estudios médicos

sucesivos y de la substanciación de actuaciones judiciales;

g) sensibilizar y capacitar, con perspectiva de género, al personal de las fuerzas de seguridad, de salud, de educación y de justicia para la prevención y asistencia de las víctimas de hechos punibles contra la autonomía sexual y contra menores;

h) promover la realización de actividades de estudio, investigación y divulgación sobre hechos punibles contra la autonomía sexual y contra menores, y sobre la violencia de género;

i) estandarizar metodologías para la recolección de datos científicos que permitan realizar un diagnóstico de la magnitud del problema, así como el seguimiento del presente programa; y,

j) garantizar a toda la población el acceso a la información, orientación y a las prestaciones de los servicios” (Bareiro, 2005: 25).

            A principios de septiembre del 2005, el Senado no pudo aprobar este proyecto de ley, debido a que el debate por su aprobación en la Cámara de Senadores se dio en medio de dos sectores que han venido a presentarse como antagónicos: por un lado, la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (CODEHUPY) y, por el otro, representantes de las iglesias cristianas (La Nación, 2005b; Codina, 2005: 171). Si bien la iglesia no puede identificarse del todo con los intereses, motivaciones y fundamentos de grupos como CODEHUPY, es un hecho lamentable que ONG´s hayan ganado la delantera a la iglesia de Cristo en la lucha por los derechos humanos, y más aún que sus posturas sobre ciertos temas le hayan posicionado como antagonista de dichas organizaciones. Una iglesia que dice interesarse por los asuntos que interesan a Dios, no debería de abstraerse de su responsabilidad de proteger y promover los derechos del ser humano.

            La principal preocupación de los grupos religiosos representados en las protestas, era que la supuesta introducción del término “autonomía sexual” daría pie a la creación de una figura jurídica que posteriormente permitiría una legislación a favor de los matrimonios homosexuales y otros asuntos basados en el reconocimiento de la homosexualidad como opción válida de conducta. Por otra parte, preocupa a las iglesias el contenido del inciso “g”, en la descripción de los objetivos del proyecto que incluye el concepto perspectiva de género[8] que incluye el reconocimiento de las opciones no heterosexuales como parte integral del amplio espectro de opciones sexuales validas. En un documento que FEDAVIFA[9] hizo llegar a los integrantes de la Cámara de Diputados, con el título: “Aspectos importantes a tener en cuenta en relación al proyecto de ley que crea el programa nacional de prevención y asistencia a las víctimas de hechos punibles contra la autonomía sexual y contra menores, según versión aprobada por la Cámara de Senadores el 16 de diciembre de 2004”, se afirma lo siguiente sobre autonomía sexual:

Aplicándola a la libertad frente a la naturaleza humana, la “autonomía sexual” podría ser entendida como el asumir la sexualidad que a cada uno le plazca:

• contrariando la misma naturaleza humana,

• distorsionando la finalidad del componente psicológico de la persona,

• alterando las funciones del organismo humano,

• provocando una total desubicación de la persona que vive tal autonomía, como de las otras que le rodean,

• anulando la capacidad procreadora del ser humano, lo que significaría establecer un

corte en la continuidad de la especie humana,

• desarticulando el primer núcleo social, la base fundamental de la sociedad, que es la familia,

• haciendo que se imponga una cultura del individualismo, del placer por el placer, contrariando la vocación al matrimonio, la maternidad o paternidad, y

• favoreciendo con todo esto la generación de males compensatorios como la drogadicción” (Bareiro, 2005: 26, 27).

            Por su parte, la iglesia Católica ha publicado en la Internet un comunicado referido a dicho proyecto de ley en el que indica lo siguiente:

Advertimos que la finalidad última de esta propuesta legislativa es construir una sociedad sin referencia a la familia, vaciándola de contenido y sustituyéndola por cualquier unión entre personas, de igual o distinto sexo; es relativizar el valor de la vida, paradójicamente, en nombre de una supuesta defensa de la vida.

Que en el referido proyecto la verdad está obscurecida con expresiones falaces que esconden el verdadero propósito del proyecto. Particularmente centramos la atención en las expresiones vinculadas a “autonomía sexual”, “discriminación” (y relacionadas), “perspectiva de género”.

En concordancia con el punto anterior, rechazamos las expresiones “perspectiva de género” y “opción sexual”, entendidos como “construcción cultural” que sostienen que es posible optar por una orientación o identidad sexual diferente al sexo dado por la naturaleza, lo que propicia la homosexualidad, bisexualidad, modalidades de transgénero, etc. (PFASA, 2007).

            También preocupa a FEDAVIFA la posibilidad de abrir el marco legal para la aprobación del aborto en base a este mismo concepto. Por su parte, la CODEHUPY y organizaciones GLTB niegan rotundamente que el proyecto de ley promueva de modo alguno el matrimonio homosexual y alegan que las manifestaciones de preocupación de las iglesias se deben más a un nuevo fundamentalismo religioso propiciado por el actual gobierno de la república. Se acusó también a las iglesias de obstaculizar la protección legal de las víctimas de abuso sexual por causa de prejuicios religiosos (Bareiro, 2005: 25, 26; GAG-LT, 2005: 199).

            Lo cierto es que el proyecto de ley no introducía el concepto de autonomía sexual, pues como ya se ha señalado antes, ese término es la denominación que utiliza el código penal vigente y la jurisprudencia internacional, para referirse a las víctimas de violación (La Nación, 2005b; Codina, 2005: 171). En todo caso, aún cuando el término apuntase a los fines homosexuales que se han denunciado, poca diferencia hace al respecto la protesta, pues el término es ya de uso corriente en la ley paraguaya. También es cierto que a pesar de los reiterados intentos por desacreditar los reclamos de FEDAVIFA de parte de CODEHUPY y las organizaciones GLTB, se percibe una doble intención del referido proyecto. En un dictamen sobre el proyecto de ley se proponía incorporar un inciso al artículo 1 que dijese lo siguiente en su primera parte:

Para los efectos de esta ley, se entiende por AUTONOMÍA SEXUAL el derecho que tienen todas las personas de ejercer la función sexual que la naturaleza le ha proveído de acuerdo a su sexo natural, con su pleno consentimiento, respetando los deseos y la voluntad de la pareja, así como su capacidad reproductiva y la vida del nuevo ser que pudiese ser engendrado desde el momento de la concepción (Bareiro, 2005: 27)

 

            Además en el artículo 2, que trata sobre los objetivos del programa, repite la idea de que la garantía debe ser coherente con lo expuesto en el primer artículo. Al llegar al objetivo de disminución de la morbilidad de las víctimas, agrega que “en los casos en que hubiere embarazo consecuente con tales delitos, el Estado garantizará todos los medios de protección de la vida de la víctima y del ser en desarrollo desde el momento de la concepción” (Bareiro, 2005: 27). Si el objeto principal del proyecto de ley fueran las víctimas de abuso sexual, podría muy bien haberse aprobado con las correcciones sugeridas.[10] Sin embargo el proyecto fue rechazado por dejar fuera de la ley a todas las opciones no heterosexuales y específicamente los conceptos de autonomía sexual y perspectiva de género. Al respecto de la propuesta Bareiro critica:

Obviamente, elimina el objetivo de sensibilizar y capacitar con perspectiva de género al personal de las distintas dependencias que deberá prestar servicios a las víctimas, y lo sustituye por “orientando hacia una identidad sexual en concordancia con lo determinado por la naturaleza como varón y mujer y a favor del respeto y defensa de la dignidad humana y de la igualdad de todos los seres humanos sin excepción” (Bareiro, 2005: 27).

            La evidente desgracia es que mientras iglesia y ONG´s se ponen de acuerdo (o en desacuerdo), tanto las víctimas de abuso sexual como las de toda forma de discriminación siguen sin la articulación legal necesaria, y esa es una responsabilidad compartida. Sin embargo, la iglesia cree que por su conocimiento y llamado divino lleva sobre sí mayor carga de responsabilidad al respecto. En medio de este debate se puede ver que no existe un camino fácil, ni libre de riesgos. No obstante, existe una posición que sí garantiza a la iglesia perder la batalla, y es la vía de la indiferencia.

 

3. Derechos humanos

            Otra característica resaltante de la actualidad en relación a la lucha por los derechos de GLTB, es que dicha búsqueda se da en un contexto de fuerte lucha internacional por definir, promover y garantizar los derechos humanos. René Padilla asegura que “la era moderna se caracteriza, entre otras cosas, como la era de los derechos humanos” (Padilla, 1992: 13), y añade que:

En ninguna época de la historia hubo tanto esfuerzo por definir con claridad los derechos humanos como en la nuestra. A la vez es probable que nunca antes los derechos humanos hayan sido tan violados, y con tanta frecuencia e impunidad como en nuestro tiempo (Padilla, 1992: 14).  

 

            La importancia de este tema comienza en las relaciones con el vecino y se extiende a las relaciones entre las naciones ya que los derechos humanos no pueden tratarse aisladamente de los problemas más amplios de la paz, la justicia, el militarismo, el desarme y el desarrollo. Ya lo señalaba Benito Juárez al decir: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz” (Garizurieta, 2005).[11] A decir de Barreiro:

Cuanto más plenamente gocen de sus derechos los individuos en la sociedad, más probabilidades habrá de que la sociedad sea estable; cuanto más se respeten universalmente los derechos humanos, más estables serán con toda seguridad las relaciones internacionales (Barreiro, 1984: 284-285).

 

            Para finales del siglo XVIII la revolución francesa ya postulaba tres derechos básicos del hombre: libertad, igualdad y fraternidad. Después de la Segunda Guerra Mundial los cinco países victoriosos se unieron y crearon la Organización de las Naciones Unidas, de la cual surgió en diciembre de 1948 la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Posteriormente han circulado otras declaraciones de derechos humanos, por ejemplo, la Declaración Universal de los Derechos del Niño (noviembre de 1959), la Declaración de los Derechos de la Mujer (noviembre de 1967), la Declaración de la Protección de todas las Personas contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanas y degradantes (diciembre de 1965) y la Declaración Universal de los Derechos de los Pueblos (julio de 1976)” (Padilla, 1992:13-14).

            En este contexto como sugiere Stott, el cristiano debe preguntarse “¿Por qué es que los hombres tienen derechos? ¿De dónde los adquirieron? ¿Los cristianos tenemos algo en particular que contribuir al debate y a la acción relativa a los derechos humanos?” (Stott, 1991: 166). En tal sentido es posible responder junto con el Consejo Mundial de Iglesias[12]  que:

Todos los seres humanos, independientemente de su raza, sexo o creencias, han sido creados por Dios como individuos y como miembros de la comunidad humana. Sin embargo, el pecado ocasionó la corrupción del mundo lo cual tiene como consecuencia la degradación de las relaciones humanas. Al reconciliar a la humanidad y a la creación con Dios, Jesucristo también reconcilió a los seres humanos entre sí. El amor a nuestro prójimo es la esencia de la obediencia a Dios (Barreiro, 1984: 283).

            En un mundo en que la lucha por los derechos humanos se ha convertido en la lucha por los propios derechos de quien los exige, observamos que el conflicto de derechos que a menudo aparece en la Biblia es de características diferentes, a la Biblia más le interesan los deberes que los derechos: los deberes humanos frente a Dios, frente al prójimo y frente a la creación (Padilla, 1992: 14; Stott, 1991: 170). Como dice Christopher Wright, “lo que la Biblia contiene es una «declaración universal de las responsabilidades humanas» (especialmente en términos de amor a Dios y al prójimo), y no de derecho humanos” (Wright en Stott, 1991: 172, 173).

            Padilla resalta que es bueno recordar ésta verdad en una sociedad donde cada sector de la misma reclama constantemente sus derechos sin preocuparse mayormente por sus deberes (Padilla, 1992: 14). A decir verdad, la postura bíblica respecto a los derechos y las responsabilidades del ser humano, es vincularlos estrechamente poniendo el énfasis en que “nuestra responsabilidad es garantizar los derechos del otro. Hasta debemos abandonar nuestros propios derechos con ese fin” (Stott, 1991: 173), y Padilla confirma que: “hay una estrecha relación entre derechos y deberes. La conexión se hace cuando reconocemos que los derechos humanos que preocupan a la conciencia cristiana son los derechos del otro y que los derechos de los demás son deberes nuestros” (Padilla, 1992: 14).

            Además de reconocer como principal deber cristiano la preocupación y ocupación por los derechos de otros, un aporte particular de los cristianos a la lucha por los derechos humanos se refleja en lo escrito por Paul Oestreicher cuando señala que según la idea de Jesús: “la prueba de nuestra humanidad se halla en la manera en que tratamos a nuestros enemigos” (Oestreicher en Stott, 1991: 170). De esta forma se observa que la búsqueda de los derechos humanos no se limitan a los pobres, las viudas y los niños, sino aun a aquellas minorías que la iglesia considera contrarias a su fe como lo son los grupos GLTB, las personas que se dedican a la prostitución, etc. De cualquier forma hay que reconocer que como dice Padilla “no siempre ha estado la iglesia a la vanguardia de la lucha por los Derechos Humanos” (Padilla, 1992: 18).

 

4. VIH/SIDA

            Otra cara de la realidad homosexual que no puede ser pasada por alto es su estrecha cercanía a la problemática del VIH/SIDA. Aún cuando los distintos grupos GLTB habían procurado suavizar las cifras, un estudio realizado en 3 grupos de población que incluyó a trabajadoras sexuales y HSH, reveló que un 37 % de las trabajadoras del sexo padecen de sífilis, en tanto que entre homosexuales el porcentaje es de un 39 %. Con relación al Sida se concluyó que un 6,6 % en la población de trabajadoras sexuales está infectada mientras que entre los HSH los infectados alcanzan un 12% (Silvano, 2005). Esto representa casi el doble que las trabajadoras sexuales. En la actualidad es casi completamente aceptado que el principal grupo de riesgo son los HSH, seguido de cerca solamente por los casos de uso de drogas intravenosas. De esta forma la organización GLTB GAG-LT escribe:

El primer caso de Sida apareció en un hombre en el año 1985, teniendo un crecimiento sostenido y constante. La vía principal de transmisión es la sexual (78%), siendo los hombres el grupo genérico más afectado (74,4%), concentrándose en poblaciones específicas (hombres que tienen sexo con otros hombres, trabajadores del sexo y usuarios de drogas intravenosas), con una mayor incidencia en zonas urbanas. Los hombres que tienen sexo con otros hombres y en especial las poblaciones de difícil acceso (travestis y transexuales) han sido, y siguen siendo, los grupos más afectados y vulnerables a las infecciones por VIH y/o la adquisición de infecciones de transmisión sexual, y a las enfermedades y muerte secundarias a estas (GAG-LT, 2005: 200).

Según los resultados de estudios realizados por PRONASIDA (Programa Nacional de Control de SIDA), el grupo genérico más afectado son los hombres con el 74,4% de los registros hasta Abril del 2005. Las mujeres representan el 25.6% y el 0.7% está desconocido. En cuanto a la forma de adquisición de la enfermedad: la vía sexual registra 78% del total, siendo la mayor parte de los registros de hombres que tienen sexo con hombres (PRONASIDA, 2005). El autor y profesor de leyes F. LaGard Smith, dedica en una de sus obras un capítulo entero para tratar lo que él llama “Los mitos del SIDA heterosexual”, argumentando que el SIDA si bien es un mal que afecta también a los heterosexuales, es en realidad una enfermedad casi exclusiva de los homosexuales (Smith, 1996: 225-247).

II. La homosexualidad a la luz de Pablo

            Si bien el mensaje bíblico sobre la homosexualidad parece ser claro, ignorar el trabajo teológico orientado a justificar bíblicamente las opciones no heterosexuales sería actuar ingenuamente. Al parecer, entre las denominaciones históricas, las pioneras en la aceptación de las opciones no heterosexuales han sido los cuáqueros, los metodistas y los anglicanos.[13] Numerosos teólogos contemporáneos afirman la validez de la homosexualidad desde su propia perspectiva teológica.[14] No obstante, para los fines del presente trabajo bastará con el estudio de los textos paulinos en que se hace referencia a las prácticas homosexuales, partiendo de la base del entendimiento de que tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se condenan fuertemente dichas prácticas (Smedes, 1982: 71; Vargas, 2000: 61). Los pasajes a estudiar son Romanos 1:18-32; 1 Corintios 6:9-11 y 1 Timoteo 1:8-10.

A. En Romanos 1: 18-32

            Resulta evidente en el lenguaje de Pablo su postura ante las prácticas homosexuales. Calificativos como “antinatural”[15] hacen pensar que no existe la posibilidad de interpretaciones ambiguas con respecto a este pasaje. No obstante, una lectura más crítica no dejará pasar desapercibidos detalles como el señalado por Smedes cuando escribe:

La noción de antinaturalidad es muy fuerte en el juicio de Pablo […]. Por otro lado, deberíamos tomarnos la molestia de comprender que Pablo consideraba que el cabello largo en el hombre era antinatural (1 Co. 11:14)[16] […]. El pelo largo y la homosexualidad rara vez serían incluidos por nosotros en una misma categoría” (Smedes, 1982: 72,73).

De tal forma que este pasaje no escapa a la necesidad de un análisis más minucioso antes de emitir juicio alguno. En este pasaje es posible observar la siguiente división natural: 1) la separación del hombre de Dios (vv. 18-23); y 2) la consecuente corrupción del hombre (vv. 24-32). La primera división describe un cambio de paradigma para el actuar del hombre y la segunda describe dicho actuar bajo el nuevo paradigma.

 

1. La ira de Dios y el cambio de Paradigma (vv. 18-23)

a. La ira de Dios (v. 18). Obsérvese que el pasaje comienza describiendo la ira de Dios: “La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad” (Ro. 1:18). Pablo da por sentado que algo en la condición del hombre actual merece la ira de Dios como respuesta. El término griego ojrgh; (orgë)[17] que describe la ira de Dios, es usado 36 veces en todo el Nuevo Testamento, 21 veces en los textos paulinos y 12 de ellas en Romanos. Se traduce también como enojo o castigo y siempre que se refiere a la ira de Dios es como consecuencia del pecado y desobediencia del hombre y se menciona también como lo contrario a la vida eterna para los fieles (Ro.2:7,8).[18] Mientras la ira en el hombre es un pecado que hay que dejar, porque no obra la justicia de Dios (Col. 3:8; Stg.1:19,20),[19] la ira de Dios es el reflejo de su justicia (Col. 3:6,7)[20] (Petter, 1976: 403). En este caso, la ira de Dios es consecuencia de la vida de hombres acusados de “impiedad” e “injusticia”. Esta maldad (ajsevbeian, asebeian) e injusticia (ajdikivan, adikian) es el resultado del cambio de paradigma para la conducta descrito en los versículos 19 al 23. 

            Es notable la forma en que Dios reacciona a la maldad y la injusticia del hombre. En su actual contexto de maldad, injusticia e inmoralidad, la sociedad pareciera ignorar esta ira divina actuando sobre la base de una supuesta impunidad universal, a la que se accede toda vez que las barreras legales actuales son superadas. Así, hoy en día, el desafío pareciera ser superar las trabas legales, después de las cuales la gente cree tener libertad para actuar a su libre voluntad. Un ejemplo de esto son los movimientos mundialmente organizados para exigir la legalización del aborto, del matrimonio homosexual, etc. No obstante, el Señor es el mismo ayer, hoy y siempre (Heb. 13:8) y la ira de su justicia no debe ser ignorada.

 

b. La manifestación de Dios como paradigma (vv. 19, 20). El conector porque con el que comienza el verso 19, señala la transición entre la descripción de la ira de Dios y la descripción de aquello que la motiva. Pablo escribe:

porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó: Lo invisible de él, su eterno poder y su deidad, se hace claramente visible desde la creación del mundo y se puede discernir por medio de las cosas hechas. Por lo tanto, no tienen excusa (Ro. 1:19,20).

 

Si el ser humano fuera capaz de justificar su maldad e injusticia ante Dios, la ira divina carecería de sentido y no se justificaría más. De tal forma que, el hombre podría argumentar haber cometido maldad y haber obrado injustamente desconociendo que su actuar mereciera la ira de un Dios al cual quizá ni conocía. Sin embargo, este no es el caso del ser humano quien no tiene excusa gracias a su conocimiento de Dios por medio de la naturaleza. Por lo menos dos aspectos de este pasaje resultan importantes para el tema en estudio. En primer lugar, Dios se presenta a sí mismo como el parámetro de conducta aceptable para el hombre. Aun cuando Pablo se dirige a los Romanos quienes desconocían las leyes divinas, su conocimiento de la persona de Dios (su poder y deidad) les deja sin excusa ante su actuar.

En segundo lugar, podría cuestionarse la forma en que el poder y la deidad de Dios le revelan al hombre los principios adecuados para su conducta y en especial en este contexto de conducta sexual de Romanos 1. En este sentido, Pablo señala que: “se hace claramente visible desde la creación del mundo” (Rom. 1:20). La preposición griega ajpo; (apo) puede traducirse como de, desde o de parte de e indica la fuente u origen de la referencia para conocer a Dios. Pablo lo enfatiza con la siguiente frase “se puede discernir por medio de (gr. toi`”, tois = por medio de o a través de) las cosas hechas” (Rom. 1:20). De esta forma es posible concluir que el referente último para la conducta del ser humano es la persona misma de Dios que se refleja aun a aquellos que desconocen o ignoran su revelación en las Escrituras a través del orden creacional, es decir, de la naturaleza pero en su estado ideal original anterior a su deterioro por la caída del hombre. De esta forma, y considerando que el argumento del homosexual se reduce simplemente a negar que la unión heterosexual sea normativa, cabe señalar lo escrito por Smedes al respecto:

Me parece demasiado claro y evidente que la Biblia, desde el principio al fin, considera la unión heterosexual como el propósito de Dios para la sexualidad. Desde el principio, El “los hizo varón y hembra” para que pudieran llegar a ser “una sola carne”. Aquí tenemos la mayor suposición de todos los juicios sobre la sexualidad: se pretende que toda la sexualidad humana alcance su clímax en el matrimonio heterosexual. ¿Pero, es cierto esto? No hay manera de establecer esto a menos que tomemos una decisión de fe y creamos que los indicadores bíblicos son ciertamente el deseo divino” (Smedes, 1982: 73, 74).

            Por lo tanto, si queda claro que el parámetro de conducta es la persona de Dios y su voluntad reflejada en el orden creacional original, y que este sólo puede ser aceptado y establecido por medio de una decisión de fe, será importante también reconocer que la estrategia más afortunada de la iglesia frente a la homosexualidad será aquella que apunte a alcanzar al homosexual con el evangelio y no las que se dirijan a limitarle, señalarle o segregarle.

 

c. La negación del paradigma (vv. 21, 22). Es importante observar que ese paradigma no le ha sido impuesto al ser humano de manera arbitraria, más bien le ha sido manifestado como una invitación natural a reconocerlo y glorificarlo. Es un auto sometimiento voluntario a una forma de vida que desemboca en el agradecimiento a Dios por ser ese paradigma para la vida. Pablo sigue diciendo: “ya que, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias. Al contrario, se envanecieron en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido. Pretendiendo ser sabios, se hicieron necios” (Ro. 1: 21,22). Al igual que en el huerto del Edén, el ser humano sigue optando por sus propios razonamientos antes que la voluntad de Dios a la hora de definir su referente de conducta. En la medida que la humanidad se aleja de Dios en busca de su propia sabiduría, tiene menos luz para poder discernir la verdad.

            En esta búsqueda de la sabiduría propia del hombre con respecto a la diversidad de género, la necedad descrita por Pablo es una realidad que se hace evidente en algunas de las líneas de pensamiento pro-homosexualidad con argumentos ambiguos y contradictorios. Por ejemplo, con respecto a los derechos humanos queda claro que el hombre es merecedor de ellos en la medida que se diferencia y se eleva del resto de los seres creados, animales, plantas, etc. Aún más, la iglesia cristiana declara que dicha dignidad le ha sido otorgada por Dios desde el momento de la creación, no obstante, aún cuando la sociedad secular no coincida con la iglesia en cuanto al origen y la fuente de tales derechos, es evidente la coincidencia en lo referente a que es su dignidad de ser humano y no de animal la que le confiere ciertos derechos básicos inalienables. La siguiente crítica política del intelectual mexicano Carlos Monsivais lo ilustra de manera acertada:

Recientemente, para ganar la gubernatura del Estado de México, el priísta Arturo Montiel autorizó su campaña con un eslogan inolvidable: “Los Derechos Humanos son para los humanos, no para las ratas”. A Montiel se le respondió ampliamente. ¿Quién discernirá la condición humana y la condición roedora en la aplicación de la justicia?, ¿Cómo un gobernador decide que un sector del estado a su cargo se ha animalizado, al punto de aplicársele, al juzgarlo, la excepcionalidad zoológica? A las ratas no se les detiene ni se les procesa, se les aplica raticidas o se les mata como se pueda. Calificar de “ratas” a los delincuentes es olvidarse de la ley, así de simple” (Monsivais, 2002: 122).

            En este contexto cabe resaltar que “existen diferencias cualitativas entre la sexualidad humana y la animal. La humana es más que una copulación” (Bond, 1983: 163). Con todo y ese argumento asentado de conformidad por los grupos defensores de las opciones no heterosexuales, aún así el fundamento científico a favor de la homosexualidad sigue siendo la naturaleza biológica del hombre estudiada desde la perspectiva de un zoólogo norteamericano.[21] Es decir, se exigen derechos humanos para conductas justificadas mediante procesos deshumanizantes.

 

d. El nuevo paradigma (v. 23). La negación del hombre ante el paradigma divino no fue sólo un desprendimiento, sino más bien, un intercambio. Según Pablo, los hombres (y mujeres) “cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes de hombres corruptibles, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (Ro. 1:23). Este intercambio representa la esencia de la idolatría pues quita a Dios del centro de la vida y coloca en su lugar al hombre en el mejor de los casos o a animales en el peor de ellos. Esta forma de idolatría constituye una manera de exaltación del hombre cuando se pone a sí mismo en el lugar de Dios, y una manera de denigración del hombre cuando pone a los animales en lugar de Dios.

            Ya se ha señalado anteriormente el ejemplo de argumentos que ponen a los animales, o peor aún al ser humano en calidad de animal, como paradigma de conducta. Basta ahora mencionar la forma en que estos argumentos, abordan su estudio del ser humano para formular su referente de conducta. La organización GLTB Universo G21 publica el siguiente argumento en defensa de las opciones no heterosexuales:

La publicación de dos estudios sobre el comportamiento sexual en hombres y mujeres, que llevó a cabo el biólogo estadounidense Alfred Charles Kinsey, rebatió la hipótesis de la enfermedad. Pruebas psicológicas realizadas a homosexuales y a heterosexuales mostraron que entre ellos no había aspectos patológicos diferentes” (Universo G21, 2004).

 

            La lógica en esta línea de pensamiento es la de estudiar la conducta de un grupo medianamente representativo y en base a los resultados establecer parámetros de lo que se puede considerar normal o aceptable. Siguiendo la misma línea de razonamiento podríamos concluir también que el cáncer no es una enfermedad, sino que es parte normal del ser humano en vista al número de personas que viven con el mal. De igual forma es posible declarar la normalidad del VIH, del alcoholismo y de la violencia doméstica. La dificultad se presenta a la hora de diferenciar los elementos de la naturaleza que pueden ser considerados parte del referente de conducta para el ser humano y cuáles no.

La clave la proporciona el mismo Pablo al indicar La gloria incorruptible (gr. ajfqavrtou`, aphthartu: inmortal) de Dios, que ha sido cambiada por imágenes de hombres corruptibles (gr. fqartou, phthartu: mortal). Ya se mencionó con anterioridad que el referente apropiado es la creación en la medida que ésta refleja el orden creacional original. De tal forma que es aquí donde la simple revelación general de Dios por medio de la naturaleza resulta insuficiente para discernir la verdad respecto a la conducta humana, y se hace necesaria la revelación especifica a través de la persona de Jesucristo y las Escrituras a fin de conocerle a Dios quien se presenta a sí mismo como el máximo paradigma de conducta.

2. La entrega del hombre

            El resto del pasaje describe los resultados de este cambio de paradigma de conducta de parte del ser humano. Tres veces Pablo describe a Dios entregando al hombre a sus propios decesos (v. 24), a sus pasiones vergonzosas (v. 26) y a una mente reprobada como consecuencia de no haber querido tener en cuenta a Dios (v. 28). Cuando se dice que Dios los entregó, no debe entenderse en el sentido de que Dios a manera de castigo lleva al hombre a tener una mente reprobada, más bien debe entenderse que por tener el ser humano esta mente reprobada a consecuencia de no tenerle en cuenta a Dios, Dios le ha dejado a merced de sus deseos, pasiones vergonzosas y su mente reprobada. Es decir, Dios no se impone ni impone su voluntad sobre la humanidad. Si hombres y mujeres deciden no tenerle en cuenta a Dios, Él les deja en libertad y les deja a merced también de asumir las consecuencias de sus actos.

 

a. A los apetitos del corazón (vv. 24, 25). La triple descripción de la entrega pareciera denotar distintos niveles de alejamiento de la voluntad divina. En primer lugar dice Pablo:

Por lo cual, también los entregó Dios a la inmundicia, en los apetitos de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén (vv. 24, 25).

Esos deseos o codicias (gr. ejpiqumivai”, epithumiais) describen el origen de todo pecado, el corazón del hombre (Stg. 4:1-4). De hecho, Pablo habla de la inmundicia o suciedad (gr. ajkaqarsivan, akatharsían) en los deseos de sus corazones. Es así que el pecado no nace en la acción, sino en el deseo impuro del corazón del hombre sin Dios.

 

b. A las pasiones vergonzosas (vv. 26, 27). En segundo lugar, Pablo dice que:

Por eso Dios los entregó a pasiones vergonzosas, pues aún sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza. Del mismo modo también los hombres, dejando la relación natural con la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío (vv. 26, 27).

 

Nótese en primer lugar la palabra pasiones o afectos (gr. pavqh, páthe) que refleja que los deseos impuros del corazón del ser humano derivan en actos vergonzosos a los cuales el hombre se entrega con pasión. Aquí cabe señalar, junto con Smedes, que la vergüenza es algo bueno. “Es un sentimiento doloroso de que no somos lo que creemos que deberíamos ser; tener vergüenza es tener un claro sentir de lo quebrantada que es nuestra vida” (Smedes, 1982: 50).

De tal forma que el mayor grado de alejamiento de Dios en estos versículos se refleja en que se pierde la vergüenza y se está en condiciones de entregarse con pasión a actos que deberían resultar vergonzosos. Smedes enfatiza, “esto debe decirse porque vivimos en una época en que estamos francamente resueltos a liberarnos de todo rastro de vergüenza” (Smedes, 1982: 51). Es así que hoy en día los grupos GLTB levantan como insignia de su lucha la bandera de lo que llaman el Orgullo Gay.[22] La consigna es establecer las opciones no heterosexuales como validas y normales, y liberar a homosexuales y lesbianas de todo rastro de vergüenza por causa de sus prácticas y estilo de vida.

            En segundo lugar, se observa que la idea de ir contra naturaleza (gr. para; fuvsin, para physin) podría ser empleado, y de hecho lo es, por quienes defienden las opciones no heterosexuales bajo el argumento de estar viviendo su homosexualidad como una respuesta positiva a su propia naturaleza. En un folleto escrito por el Rev. Anciano Don Eastman de la Fraternidad Universal de Iglesias de la Comunidad Metropolitana se dice:

“Contra natura” en estos pasajes no se refiere a la violación de las llamadas leyes de la naturaleza, sino que implica una acción contradictoria a la propia naturaleza de uno. Viendo esto, debemos reconocer que lo que es “contra natura” (para physin) para una persona de hoy, con orientación homosexual, es el tratar de vivir como si fuera heterosexual (Eastman, 2005).

 

Al respecto ya se ha señalado que el concepto naturaleza valido como norma de conducta es el orden creacional original, de forma que es a este orden al que se refiere Pablo al señalar el uso natural del hombre y la mujer, y no a la naturaleza (caída por cierto) propia de cada individuo. Por último, en relación a la retribución (ajntimisqivan, antimisthían) debida a su extravío, la interpretación que parece ser más adecuada al contexto es la de recibir lo correspondiente a sus actos, es decir, las consecuencias de sus propias decisiones y no tanto entenderlo como un castigo por ellos.

 

c. A la mentalidad reprobada (vv. 28-31). En tercer término, Pablo escribe:

Como ellos no quisieron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente depravada, para hacer cosas que no deben. Están atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y perversidades. Son murmuradores, calumniadores, enemigos de Dios, injuriosos, soberbios, vanidosos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia (vv. 28-31).

 

En estos textos la mente reprobada del ser humano sin Dios se manifiesta no sólo en su conducta sexual, sino en un sin fin de otras conductas igualmente rechazadas por Dios. Este segmento del pasaje aporta dos elementos importantes al tema en cuestión. Primero, como escribe Jones:

 Cuando la relación sexual fuera de la voluntad de Dios no produce aquello para lo cual fue hecha, muchas personas, homosexuales y heterosexuales, buscan alguna manera para que el sexo produzca una excitación aún mayor, el fugaz orgasmo definitivo, que de alguna manera compense la ausencia de lo que el sexo fue creado para producir: la unidad (Jones, en McDowell, 2000: 328).

            De esta forma, la natural insatisfacción de vivir lejos de los propósitos divinos conduce a una mayor búsqueda de satisfacción en los lugares equivocados. Pratney agrega que cuando se experimenta con prácticas sexuales fuera de lo normal, se desarrolla una apatía en cuanto a la estimulación sexual normal y una pérdida de entusiasmo en las formas naturales de la relación sexual. En otras palabras: la pérdida de satisfacción sexual normal empujará a formas perversas de satisfacción sexual. A este proceso Pratney le llama dilución (Pratney, 1982: 55, 56).

            En segundo lugar, es importante observar que aquí la homosexualidad es integrada a una lista más amplia de pecados que igualmente son el resultado de una mente reprobada por no tener en cuenta a Dios. Entre estos pecados igualmente reprobables a la homosexualidad está la vanidad, la desobediencia a los padres y la injusticia. Billy Graham señala:

El Capitulo 1 de Romanos indica claramente que son el producto de una mente reprobada” y después agrega: “Al decir esto, no exoneramos todas las actividades heterosexuales. Tal y como lo expresó el Dr. Harold Lindsell: ‘El heterosexual inmoral no es mejor ni peor que quien practica la homosexualidad. Los dos están sujetos al juicio divino’. Cuando acudimos a Cristo, se nos exige que nos arrepintamos de nuestros pecados y que ya no llevemos los patrones de vida pecaminosos a los que nos dedicábamos antes (Graham, en Ward, 1984: 134).

            De tal forma que cuando se obra injusticia a personas o grupos GLTB por causa de su orientación sexual, como a cualquier otro ser humano, ante Dios no se es demasiado diferente a los que practican ese pecado de la homosexualidad que tanto asusta.

 

3. Las agravantes del hombre y la supremacía de la gracia divina (v. 32)

El último versículo describe el colmo de la depravación del ser humano, “Esos, aunque conocen el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no solo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican” (v. 32). Esta condición extrema refleja al mismo tiempo la mayor agravante de la culpabilidad de hombre, como también la supremacía de la gracia divina. En el contexto inmediato al pasaje Pablo escribía:

No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree, del judío primeramente y también del griego, pues en el evangelio, la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: «Mas el justo por la fe vivirá» (Rom. 1:16, 17).

 

De tal forma que en este contexto, entre mayor gravedad manifiesta la condición del hombre sin Dios, mayor es la manifestación de la gracia divina para aquel que se vuelve a Él.

B. En otros pasajes paulinos.

1. 1 Corintios 6: 9-11

            El segundo pasaje en que Pablo hace referencia a las prácticas homosexuales dice así:

¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos de vosotros, pero ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Cor. 6:9-11).

 

            En primer lugar se debe observar que la homosexualidad para Pablo es una de las prácticas que impiden al ser humano participar del reino de Dios. La inclusión de la homosexualidad en el presente listado, al igual que en el listado de Romanos 1:29-31, señala por un lado que Pablo le da a la homosexualidad el estatus de pecado, y por otro lado, que no es un pecado peor o más reprobable que la avaricia o las borracheras. Desde esta óptica vale la pena señalar que en la actualidad la principal postura de la iglesia con respecto al consumo de alcohol no ha sido evitar su legal consumo y distribución, sino atraer a la persona alcohólica a los pies de Cristo y trabajar en la restauración de su vida y su entorno para liberarle de la opresión de su pecado. Así mismo, sin descartar la importancia de levantar la voz en medio del debate por la legalización de las uniones homosexuales, la iglesia debería priorizar sus esfuerzos dirigidos a alcanzar a personas homosexuales con el evangelio y el amor de Cristo.

            En segundo lugar, se dice también que algunos de los receptores de la carta eran tales pecadores descritos en el listado, pero a consecuencia de haber sido lavados (ajpelouvsasqe, apelúsasthe), santificados (hJgiavsqhte, heguiásthete) y justificados (ejdikaiwvqhte, edikaióthete) en el nombre de Jesús y por la obra del Espíritu de Dios han dejado de serlo. En base a esto se destacan dos enseñanzas fundamentales, por una parte la necesidad y por la otra la posibilidad del cambio para los homosexuales. El texto en la primera carta a los Corintios deja claro que antes de dejar de ser homosexuales (y también avaros, borrachos, adúlteros, etc.) los corintios no estaban en condiciones de participar del reino de Dios, pero a la vez se observa que la persona homosexual, al igual que cualquier otro pecador, no está fatalmente limitado a su condición de manera que no pueda acceder al reino divino. Por encima de todo pecado aún se encuentra el nombre de Jesús y el poder de su Espíritu. 

 

2. 1 Timoteo 1:8-10

            Un tercer listado de pecados en el que Pablo incluye a la homosexualidad se encuentra en la primera carta a Timoteo 1:8-10. El principal aporte de este pasaje al tema en estudio es quizá el posicionamiento que da a las Escrituras como fuente de autoridad para el comportamiento del creyente, principalmente teniendo en cuenta el argumento de los teólogos homófilos, como el de Eastman que respecto a Levítico 18:22 y 20:13 escribe:

“No te echarás con varón como con mujer; es abominación”. Estas palabras se encuentran únicamente en el Código de Santidad del Levítico, un manual ritual para los sacerdotes de Israel. Su sentido puede ser apreciado tan sólo en el contexto histórico y cultural del antiguo pueblo hebreo. Israel, en una única posición como pueblo escogido por un sólo Dios, debía rechazar las prácticas de otros pueblos y dioses […].

Los ritos y las reglas que se encuentran en el Antiguo Testamento fueron dadas para preservar las características distintivas de la religión y la cultura de Israel. Pero, como establece Gálatas 3:22-25, los cristianos no están más regidos por esas leyes judías. Por fe vivimos en Jesucristo, no en el Levítico. Por cierto que las preocupaciones éticas atañen a todas las culturas y pueblos en todas las épocas. Tales intereses estuvieron reflejados en su expresión máxima por Jesucristo, quien nada dijo acerca de la homosexualidad, pero sí habló mucho con respecto al amor, la justicia, la misericordia, y la fe (Eastman, 2007).

            De tal argumento Eastman concluye que las leyes del Antiguo Testamento eran aplicables sólo en el contexto del antiguo pacto y específicamente para los Levitas o Sacerdotes del pueblo. Al respecto se puede decir, junto con Pablo, que:

Sabemos que la Ley es buena, si uno la usa legítimamente, conociendo esto: que la Ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina (1 Tim. 1:8-10).

            En este pasaje queda claro que el creyente está libre de la ley en tanto es justo y se distancia voluntariamente de las prácticas juzgadas por la ley, mientras que la ley sigue vigente para los pecadores entre los que se incluye a los homosexuales. La vida bajo la gracia no dispensa de la ley, sino que sitúa al creyente por encima de la ley de forma tal que el estilo de vida y las prácticas del creyente bajo la gracia no requieren de ley alguna, sino la del amor. No es posible afirmar con Eastman que la gracia libera al ser humano de la ley permitiéndole vivir en pecado (Romanos 6:1-4).[23]

            De los pasajes paulinos es posible concluir que la homosexualidad es un pecado en tanto a que se aleja de los parámetros divinos de conducta (Rom. 1:21,22) establecidos por la misma persona de Dios y manifestados de forma general a través del orden creacional original (Rom. 1:19,20, 26, 27) y de manera específica en la persona de Cristo y las Sagradas Escrituras. La homosexualidad ha de ser denunciada como pecado pues es merecedora de la ira divina (Rom. 1:18) y el hombre no tiene excusa que le justifique por su práctica homosexual (Rom. 1:20). Toda ética que excluye a Dios y su manifestación en el orden creacional original y se fundamenta en el estudio del hombre caído, es una práctica idolátrica (Rom. 1:20, 23).

            También se debe señalar que el pecado de la homosexualidad no es peor ni más digno de castigo que la vanidad, la deslealtad, la injusticia, los chismes, la avaricia, la mentira, etc. (Rom. 1:28-31; 1 Cor. 8:9-11). Como frente a todo pecado, la gracia divina alcanza para lavar, santificar y justificar también a la persona homosexual y librarla de sus prácticas (Rom. 1:16,17; 1 Cor. 6:9-11). Este cambio no sólo es posible, sino que es necesario para poder participar del reino de Dios (1 Cor. 6:9-11) y la ley sigue acusando a quienes se niegan a abandonar prácticas contradictorias a la misma (1 Tim. 1:8-10).

III. La homosexualidad a la luz del debate

            Se pueden distinguir por lo menos tres áreas de discusión con respecto a la homosexualidad; la primera con respecto a sus causas y su naturaleza, en segundo término está el debate sobre su legitimidad como conducta sexual aceptable y por último se encuentra el asunto de los derechos de quienes las practican.

 

A. El debate sobre sus causas

            Un factor que hace especialmente difícil establecer posturas claras con respecto a la homosexualidad es la imposibilidad de conocer a ciencia cierta sus causas. Existen tantas posturas, que van desde las más radicalmente opuestas entre sí, hasta combinaciones entre estas mismas, pasando por aquellas que incluso rayan en lo absurdo. Un ejemplo de esto es la postura del neuropsicólogo alemán Richard von Krafft-Ebing quien considera a la homosexualidad una ‘degeneración neuropática hereditaria’ que supuestamente se agravaba por excesiva masturbación” (Encarta, 2007; Universo G21, 2004). De acuerdo a McDowell y Hostetler, las causas más comúnmente propuestas son: atribuirla a factores genéticos, anomalías en las relaciones familiares, abuso o experiencias homosexuales prematuras y/o rebelión juvenil (McDowell y Hostetler, 2000: 325-327). Poder definir el origen y la naturaleza de la homosexualidad ha ocupado un lugar importante en el debate, debido a que las conclusiones alcanzadas al respecto definirán en gran manera la actitud asumida ante la homosexualidad. A continuación se presentan las principales causas potenciales para la orientación homosexual.

 

 

1. Factores genéticos

            Antonio Cruz resume las posibles causas de la homosexualidad en dos tesis, la organicista y la psicosocial. Al respecto escribe:

La primera sostiene que la homosexualidad tiene una causa orgánica hereditaria que puede ser más o menos activada mediante secreción hormonal (…). La tesis psicosocial afirma, por otra parte, que la homosexualidad depende fundamentalmente de la educación recibida, del ambiente en que se ha criado la persona (…). Es muy posible que la mayor parte de tales desviaciones sexuales se deban a esta segunda hipótesis educacional, sin embargo, ello no elimina el riesgo de que existan asimismo causas puramente orgánicas o genéticas y también ¿por qué no? combinaciones de ambas posibilidades (Cruz, 1999: 112).

            La posibilidad de que factores genéticos determinen la homosexualidad del individuo ha sido motivo de múltiples estudios, y si bien hasta hoy nadie ha logrado comprobar esta teoría, tampoco ha sido posible descalificarla por completo. Josh McDowell cita el ejemplo de las investigaciones realizadas por Stanton L. Jones, quien a lo mucho ha logrado observar cierta posibilidad de que algún factor genético dé un simple empujón en dirección de la homosexualidad (McDowell, 2000: 326). Otro ejemplo son las investigaciones realizadas por el genetista norteamericano Dean Hamer quien, a pesar de no haber logrado la comprobación de su hipótesis al respecto, la misma está resistiendo hasta la fecha a pesar de la oposición de muchos otros científicos. Hamer propone lo siguiente:

En determinada región del cromosoma X de los homosexuales varones, la llamada Xq28, existe uno o varios genes que contribuyen a su comportamiento homosexual. No se sabe exactamente cuál sería la función concreta de tales genes, si intervendrían o no en el desarrollo del hipotálamo haciendo que esta región del cerebro masculino homosexual fuese distinta a la correspondiente del hombre heterosexual, como piensan algunos investigadores (Hamer, en Cruz, 1999: 112).

            Al respecto, estudios científicos que afirman la tendencia biológica del ser humano a diferenciar entre dos géneros, señalan la existencia de un patrón básico de especialización y complementación entre el hombre y la mujer y describe los controles biológicos que actúan en la diferenciación entre los géneros de la siguiente manera:

El primer sistema de control reside en el genoma humano y se establece desde el mismo momento de la fecundación. Cada célula nucleada del organismo tiene una fórmula específica en los cromosomas sexuales: xx para la hembra y xy para el varón […]. Esta es la base más profunda para las diferencias de género.

El segundo sistema de control es el aparato genital: testículos y pene para el varón; y vagina, ovarios y útero, para la hembra […].

Las hormonas sexuales representan el tercer sistema de control: los ovarios forman estrógenos; y los testículos, andrógenos.

Las hormonas determinan diferencias en todo el organismo: huesos, músculos, cuerpo grasoso, piel, metabolismo, temperamento, e incluso el cerebro […]. Existe abundante información en la literatura médica confirmando la influencia determinante de estos mecanismos. De acuerdo con muchos investigadores, se puede perfectamente hablar de un cerebro masculino diferente al femenino. Es sabido que el influjo de la testosterona, cuando el feto está formándose en el útero materno, hace mucho más que establecer las características sexuales externas. En concreto, la testosterona facilita el desarrollo de un cerebro masculino, mientras que la ausencia de testosterona lo feminiza (Dunker, 2003: 44,45).

            De tal forma que no resulta inimaginable la posibilidad de un desarrollo dispar entre características sexuales externas y orientación sexual cerebral. Con todo y eso, hoy por hoy ninguna de estas teorías se ha logrado confirmar por completo. Sin embargo, la iglesia debería actuar con cautela a la hora de emitir un juicio al respecto. Pues oponerse fanáticamente a teorías que aún pueden ser científicamente demostrables la descalificaría del debate.

            Aún cuando algunos casos de homosexualidad estuvieran condicionados por factores genéticos, estos no dejan de ser una consecuencia de la naturaleza caída de la raza humana (Stott, 1991: 325). En todo caso la posibilidad de que factores genéticos de la naturaleza caída del ser humano sean los responsables de la orientación homosexual libraría de culpa al individuo por la tendencia y no por la práctica de la misma (Cruz, 2000: 113). Además, como todo individuo que sufre las consecuencias de la caída de la humanidad, el homosexual necesita ser restaurado por la obra y el poder de Cristo (Ward, 1984: 134). 

 

2. Anomalías en las relaciones familiares

            Respecto a este factor causante de homosexualidad, Cruz señala que:

Se trataría, según este planteamiento, de algún tipo de alteración en el desarrollo psíquico y sexual ocurrido a causa de la influencia de los modelos de conducta observados. Muchos autores coinciden en señalar que el influjo de madres dominantes y protectoras junto a padres sumisos y tímidos pero hostiles, puede desencadenar tendencias homosexuales en los hijos varones (Cruz, 1999: 112).

 

            Por su parte McDowell observa que estas teorías “no explican por qué muchas madres dominadoras tienen hijos heterosexuales o por qué padres aparentemente normales crían hijos que adoptan una manera de vivir homosexual” (McDowell, 2000: 326). En todo caso, varios autores coinciden en que los padres, el ambiente familiar inadecuado y la falta de modelos sanos del papel del varón y de la mujer, son factores con por lo menos cierto grado de influencia como causales para la conducta homosexual (Cruz, 1999: 112; LaHaye, 1998: 57-59; León, 1975: 76-78; McDowell, 2000: 326).

            Sin embargo, la tendencia común entre quienes defienden las opciones no heterosexuales es negar esta posible causa de la homosexualidad. La Federation of Parents and Friend of Lesbians and Gays, Inc. (Federación de Padres y Amigos de Lesbianas y Gays), en la versión mexicana de su publicación en Internet argumenta en contra de esta tesis:

Hasta el comienzo de los años 70, el estudio de la homosexualidad estaba restringido al área de la psiquiatría. Existían diferentes teorías respecto a las causas de la homosexualidad. Gran parte de las teorías asociaban a la homosexualidad con una psicopatología desarrollada por una crianza “defectuosa”, basada en una madre dominante, en un padre alejado, o en ambos. Aunque esta premisa fuese incorrecta, no es nada sorprendente que los psiquiatras la desarrollasen, ya que ellos obtenían su información únicamente de personas en terapia con problemas mentales o emocionales (PFLAG, 2004).

            Este rechazo principalmente se debe al argumento según el cual la diferenciación de roles y la idea de identidad sexual (como homosexualidad, heterosexual o bisexualidad) carecen de cualquier existencia objetiva. Dicen, en su lugar, que son construcciones sociales. Este punto de vista teórico se llama “Queer theory” (Rosas, 2007). Por su parte, Dunker argumenta que la experiencia social demuestra de forma contundente la existencia de roles sexuales intrínsecos a la condición humana.[24] La importancia de desacreditar esta teoría para los grupos GLTB y otros que defienden las opciones no heterosexuales, es que al aceptarse que la diferenciación de género en base a sus roles es simple construcción cultural, se le priva también de todo valor objetivo como referente en lo que hace a la orientación de género. Si la función de hombre como hombre y de la mujer como mujer son meras construcciones culturales, no existe entonces un parámetro objetivo de conducta en base al cual la homosexualidad se presente como algo anormal. Ante esta tendencia resulta pertinente la aseveración de Dunker en relación al segundo relato de la creación escrito en Génesis 2 cuando dice que el clímax del relato es la institución del matrimonio. Hombre y Mujer son iguales, diversos y complementarios. La idea es que fueron creados iguales y diferentes a fin de que pudieran complementarse. De esta forma el matrimonio es ese estado en el que un hombre y una mujer forman la más perfecta sociedad (Dunker, 2003:19).

3. Experiencias de la infancia y/o adolescencia

            La infancia es la etapa en la cual la sexualidad humana sienta sus bases, y esta se define por completo en la adolescencia. Stamateas escribe que la vida sexual infantil es la base de lo que será la vida sexual adulta. Esta es una realidad tanto para el caso de una sexualidad normal como para una patológica (Stamateas, 1997: 207; 1999:52). Si bien cada individuo nace con una constitución sexual determinada, ciertas experiencias pueden distorsionar el proceso de la autodeterminación de la orientación sexual.

 

a. Abuso sexual. Jerry Arterburn propone que “las experiencias sexuales con personas mayores en la infancia son una clave para el desarrollo de la conducta homosexual” (Arterburn en McDowell, 2000: 327). El siguiente extracto de una publicación GLTB en Internet apunta hacia la misma dirección:

Es más probable que los factores determinantes sean las experiencias vividas durante la infancia. Esto quiere decir que si un niño que nació con tendencia heterosexual es abusado por una persona de su mismo sexo, crecerá y se desarrollará con tendencias homosexuales (Universo G21, 2004).

                El abuso sexual infantil por adultos del mismo sexo puede condicionar o predisponer la orientación homosexual del niño por dos razones principales. En primer lugar, el niño varón que es abusado por un hombre adulto enfrenta la etapa de su vida en la que define el concepto que tiene de sí mismo con la presuposición de que algo es diferente en él que provoco que un hombre se relacionara con él como si fuese una mujer. En segundo lugar, el menor abusado sexualmente por un adulto de su mismo sexo es erotizado prematuramente.

            Cabe señalar que en el abuso sexual infantil, el método para abusar no siempre incluye la fuerza física, sino que en algunos casos se hace por medio del convencimiento por amenazas y en muchos otros casos mediante convencimiento por seducción (Stamateas, 1999: 131). En este último caso puede darse una erotización forzada e identificada con individuos de su mismo sexo. Esta debería darse naturalmente en el punto de su desarrollo en que está naturalmente atraído por personas del sexo opuesto. Es decir, que posteriormente la víctima de abuso relacionará cualquier indicio erótico en él con su experiencia de abuso homosexual (la misma lógica se aplica para el abuso homosexual en niñas). También es importante mencionar que no todos los casos de abuso sexual infantil derivan en homosexualidad, puesto que cada persona reacciona de maneras distintas a circunstancias similares. El énfasis en este caso es presentar al abuso sexual como posible causa de orientación homosexual.

 

b. Condicionamiento e inducción. Ya se ha dicho que la sexualidad adulta está marcada por cómo se ha vivido la sexualidad infantil. Aparte del abuso sexual infantil propiamente dicho, se distinguen dos formas en que el desarrollo sexual de niños y niñas puede ser alterado, pudiendo incidir esta intervención en el desarrollo de la orientación homosexual. La primera puede llamarse condicionamiento, y hace referencia a la influencia involuntaria de personas que distorsionan el concepto que el niño o la niña tiene de su identidad de género. En tal sentido, Stamateas argumenta:  

Muchos padres confunden muchas cosas con homosexualidad. Por ejemplo, muchos padres machistas al ver que su hijo tiene ciertos amaneramientos comienzan a reforzar esa conducta al decirles “mariquita”, “no hables como una mujercita”, “pareces una nena”, etc. A su vez los compañeros de su clase reforzarán los mismos dichos, y así se producirá un “estigma” sobre su psiquis, que lo condicionará y le hará dudar de su masculinidad, tal cual Dios le creó. Desde entonces comienza una serie de procesos complejos que afectará posiblemente la identidad del niño (Stamateas, 1999: 122).

            La segunda forma se puede denominar inducción y se diferencia de la primera básicamente por la intencionalidad de parte de uno o varios adultos inductores. Johnson explica que es natural que varones y chicas adolescentes experimenten atracción por personas de su mismo sexo. Durante un tiempo, los varones prefieren vincularse con otros muchachos y las chicas con otras chicas. Agrega que tampoco es inusual que un joven desarrolle un gran aprecio por un hombre y que las chicas experimentan la misma clase de sentimiento hacia una mujer o una chica mayor a quien admiran. Este sentimiento puede llegar a ser un verdadero “apasionamiento” que por lo general sólo es un sentimiento del adolescente. La persona mayor, probablemente no siente lo mismo y a veces, incluso, desconoce que el joven siente “pasión” por ella. Comúnmente después de un corto tiempo, el muchacho o la chica se interesan por otras cosas y superan ese interés y tarde o temprano se interesa también en cultivar la amistad con los miembros del sexo contrario (Johnson, 1973: 65, 66).

            En el ámbito social GLTB se habla de hombres homosexuales mayormente en la media vida y adinerados que se dedican a seducir a jovencitos en la etapa anteriormente descrita. Comienzan impresionándolos con su estilo de vida y nivel social, continúan por reforzar el vínculo supliendo alguna carencia afectiva o algún distanciamiento con los padres (cosa que no es rara durante la adolescencia) y terminan por inducir al joven aprovechando el vínculo afectivo que éste es capaz de establecer en esa etapa de su vida. Johnson concluye diciendo que algunos hombres y mujeres nunca superan su preferencia sexual por los de su mismo sexo y que estos son los llamados homosexuales (Johnson, 1973: 65, 66).

            Sin descartar aún la posibilidad de que factores genéticos sean causantes de la homosexualidad, se puede señalar que la tendencia generalizada se dirige a las causas basadas en conductas aprendidas en la experiencia infantil. Por esa razón es especialmente preocupante el interés cada vez mayor de exigir la legalización de la adopción por parte de homosexuales, ya que ésta sí podría incidir significativamente en el aumento de la homosexualidad.

 

4. Libre elección de la preferencia sexual.

            Para el pensamiento de los grupos GLTB, ninguna de las tres posibles causas mencionadas anteriormente resulta convincente, ya que éstas sitúan a la homosexualidad en el nivel de la anormalidad, ya sea biológica, social, emocional o moralmente. Por ello los grupos de activistas GLTB se han volcado en una campaña que busca el reconocimiento de la homosexualidad como una opción sexual tan válida como la heterosexualidad. En este sentido es que han resultado tan útiles para su causa los resultados de los estudios de Kinsey que sitúa a todos los individuos en una escala con varios niveles de bisexualidad en la cual un ínfimo porcentaje de hombres y mujeres es totalmente heterosexual.[25]

Ya se ha mencionado anteriormente la inconsistencia principal de las investigaciones de Kinsey. Basta ahora señalar la importancia de estos estudios para los intereses de los grupos GLTB debido a que en este contexto de normal bisexualidad lo más natural y legitimo es que cada individuo tenga el derecho y la libertad de elegir su propia orientación sexual independientemente de su constitución física, la cual no tiene nada que indicar en un mundo de bisexuales con dos posibles presentaciones corporales. Una publicación gay en Internet argumenta:

Casi todo el mundo siente que su orientación sexual no es una decisión suya, sino un impulso natural. Si usted es heterosexual, ¿recuerda haberlo escogido? Tratar de cambiar este impulso natural de una orientación a otra es por lo general imposible (García, 2004).

            Sin embargo, la realidad del ser humano es diferente. No se trata de un ser divisible que puede ir simultáneamente en dos direcciones opuestas, como bien escribe Smedes:

Yo soy una persona masculina y solo en una forma vaga puedo sentir en qué grado mi masculinidad afecta a mí ser como persona. No puedo pensar de mí mismo a no ser en términos conscientes masculinos […], nadie podría conocerme como persona si no fuera a través de mi masculinidad […]. Ni aún Dios puede separar mi masculinidad de mi persona; sin embargo, aún así soy una persona que es también un varón […]. No podemos despersonalizar nuestros actos sexuales sin deshumanizarnos en cierto sentido. Nuestra sexualidad define nuestra personalidad de una manera demasiado profunda. Cuando una prostituta se disocia como persona de su acción sexual, es decir, desdobla su sexo de su persona, está distorsionando la unidad total de su personalidad. Exactamente lo mismo ocurre cuando un hombre y su esposa realizan el acto sexual sin tener en cuenta la necesidad de afecto y cuidado del otro. Todo esto constituye un fracaso y una distorsión de la sexualidad humana (Smedes, 1982: 39-41).

            De la misma manera, pretender disociar la personalidad de una persona y su identidad sexual de lo que es su género constitucional es una forma de alienación del ser humano, es un intento de dividir una unidad indivisible. Por ese motivo Dios ha puesto límites concretos alrededor del sexo y deben ser entendidos como una protección de Dios. Él sabe que la sexualidad puede causar muchos problemas y heridas entre personas. No se puede jugar con la sexualidad sin herir y sin ser herido (Vargas, 2000: 60).

            Se puede observar que ninguna de las posibles causas antes descritas atentan contra la postura bíblica sobre la homosexualidad. El problema es cuando grupos se aferran a estas posturas pretendiendo demostrar que el homosexual no es responsable de su condición y por lo tanto tiene el derecho de vivir su vida sexual y emocional en pareja con tal orientación.

 

B. El debate sobre su legitimidad

            Hoy en día existe un esfuerzo generalizado por legitimar la homosexualidad. El desafió que esto representa es cada vez mayor, ya que su difusión por parte de los medios de comunicación, así como el proceso de aparente liberación de la sociedad secular, han contribuido en su promoción y popularidad. Esto ha resultado en la confusión generalizada de muchos jóvenes que están expuestos a una homosexualidad mejor vista, en una etapa de sus vidas en que aún deben enfrentar la madurez de su sexualidad (McDowell, 2000: 325; Cruz, 1999: 111).

            Para hablar en forma inteligente de distorsiones, debemos primeramente tener algunas normas que permitan juzgar lo que es sexualmente normal ya que las distintas posturas con respecto a la legitimidad de las opciones no heterosexuales como opciones validas de conducta, dependen básicamente del paradigma que se utilice para definir lo que es bueno y lo que es malo, lo permitido y lo prohibido, lo normal y lo anormal. A continuación se presentan brevemente los paradigmas más comunes[26].

 

1. El paradigma tradicionalista

            En primer lugar está la tradición como paradigma. Es decir, aceptar aquello que siempre se ha aceptado como válido por el simple hecho de que así siempre se ha hecho. Este paradigma parece ser usado principalmente por la iglesia a la hora de enfrentar desafíos éticos. Si bien es cierto que las tradiciones no se deben desechar ligeramente, también es cierto que la tradición tiende al estancamiento mientras que el cambio es señal de vida. Descartar la legitimidad de la homosexualidad solamente porque así siempre se ha hecho no resulta el argumento más afortunado para entrar al debate en la actualidad. Antes de salir al ataque y a la descalificación, la iglesia debería cerciorarse de haber reevaluado y en todo caso reafirmado críticamente su postura.

 

2. El paradigma personalista

            Otro posible referente para aceptar o rechazar la homosexualidad es el propio gusto o la propia orientación sexual de quien juzgue. De esta forma, como dice Smedes, para muchos las distorsiones sexuales son todo aquello que les resulte nauseabundo y repugnante por lo cual muchos abren rápido juicio acerca de la homosexualidad. Pero las náuseas no son un juicio moral, sino en el mejor de los casos una manifestación acerca de sus gustos personales (Smedes, 1982: 45). La lógica es la misma para los defensores de las opciones no heterosexuales al pretender establecer la legitimidad de la homosexualidad en base a la propia homosexualidad. Lo único que garantiza este parámetro de conducta es perpetuar el desacuerdo.

 

3. El paradigma estadístico

            También se puede pretender definir lo que es normal en base a lo que la mayoría hace o deja de hacer.

Smedes dice al respecto:

Para otros, las distorsiones sexuales son lo que la mayoría de la gente no hace; es decir, que para ellas, todo se convierte en un simple problema de estadísticas y según este criterio, se es sexualmente anormal por el hecho de pertenecer a una minoría (Smedes, 1982: 45).

 

            Desde la perspectiva de la iglesia, descartar la homosexualidad por el simple hecho de que la gran mayoría es heterosexual es tanto como negar la validez de la castidad prematrimonial debido a que en la actualidad la mayoría no la práctica. Asumiendo la óptica de los defensores de las opciones no heterosexuales, aceptar como normal y legítima la homosexualidad bajo el argumento de Kinsey: una supuesta mayoría bisexual, es tanto como validar el analfabetismo, la corrupción, la pobreza sólo por ser una realidad dominante en Latinoamérica. Smedes concluye: “no podemos formarnos un juicio moral simplemente por realizar una estadística. Una distorsión es tal, aunque alcance al noventa por ciento de la población” (Smedes, 1982: 45). Así es posible concluir que lo que hace o deja de hacer la mayoría, no constituye un sólido paradigma de conducta sexual.

4. El paradigma naturalista

            El paradigma naturalista se trata básicamente del hecho ya mencionado con anterioridad de poner a la naturaleza biológica del ser humano como el parámetro de la conducta. Además de los citados estudios de Kinsey, se puede referir como ejemplo la teoría de selección social de Joan Roughgarden que niega la reducción de la diversidad sexual a dos sexos, uno masculino y agresivo y otro femenino y cohibido. Con base en la observación de numerosos ejemplos del reino animal y de culturas distintas de la occidental, esta teoría afirma que la existencia de homosexuales, transexuales y hermafroditas no es más una variación natural que se integra perfectamente en la diversidad mostrada por los demás animales (Rosas, 2007). …………………………. Esta forma de encarar la cuestión toma al ser humano como una especie animal y desarrolla sus conclusiones de lo que es normal en base a lo que de este estudio zoológico del ser humano se pueda deducir. A este punto se debe señalar que la sexualidad humana es más que un mero fenómeno biológico (Deiros, 1990: 30-32).

            Se mencionó también que si bien la naturaleza biológica del ser humano sigue reflejando algo de la gloria divina del creador, no puede ser un referente absoluto de conducta, pues, como dice Stott, somos “seres humanos, creados a la imagen de Dios, pero caídos; todos estamos marcados por la gloria y la miseria que esa paradoja entraña, incluido el potencial de la sexualidad y los problemas sexuales” (Stott, 1995a: 7).

5. El paradigma jurídico

            Otra forma de querer establecer lo que es bueno y lo que es malo es mediante la observación de las leyes. Desde esta perspectiva se considera aceptable aquello que es permitido por la ley y se tiene por inmoral todo aquello que las leyes penalizan. Este punto es especialmente significativo en el contexto de la fuerte lucha de ONG´s y grupos GLTB, descrita en el primer capítulo, por lograr el reconocimiento legal de las relaciones no heterosexuales y su equiparación legal con las relaciones heterosexuales.

            Sin embargo, es un hecho que la finalidad de las leyes no es la de convertirse en dicho referente, pues no pretende abordar todo tipo de conducta moral. En esa dirección señala Stott cuando habla de la importancia de distinguir entre pecados y crímenes. Por ejemplo, “El adulterio ha sido siempre un pecado (según la ley de Dios), pero en la mayoría de los países no es un delito penado por la ley. En cambio, la violación es tanto un pecado como un delito” (Stott, 1995a: 10). Lo limitada de la ley como referente moral queda ejemplificado en el caso de la Ley de Ofensas Sexuales de Inglaterra que data desde 1967:

La Ley de Ofensas Sexuales de 1967 establece que un acto homosexual realizado en privado, de común acuerdo por adultos mayores de veintiún años, ya no es un delito. El profesor Norman Anderson explica: “la ley no ‘legalizó’ dicha conducta, pues por ley aún se considera inmoral, y carece de reconocimiento legal; lo único que hace la ley es quitar la sanción penal de tales actos cuando dos adultos los realizan en privado, de común acuerdo” (Stott, 1995a: 10).

 

            De tal forma que existen actitudes y conductas deseables que no pueden ser impuestas legalmente.[27] También existen actitudes y conductas inmorales que no pueden ser controladas y penalizadas por la ley, y en algunos casos existen también restricciones legales a conductas que no pueden ser consideradas intrínsecamente inmorales, por lo tanto el marco legal de ninguna sociedad puede ser considerado un referente absoluto para la conducta del ser humano.

 

6. El paradigma creacionista

            En el capítulo dos se había ya hecho referencia al carácter idolátrico de los sistemas morales que quitan a Dios del centro y colocan en su lugar al ser humano, ya sea en su calidad humana o animal. Así mismo se estableció que la persona de Dios como referente de conducta se manifiesta a través de la naturaleza en la medida que ésta sigue reflejando el ideal creacional, y que este discernimiento entre lo glorificado y lo caído de la naturaleza se realiza por medio de la revelación especifica de Dios a través de Jesucristo y de las Escrituras. Al respecto Dunker señala:

El documento más antiguo que existe sobre cuestiones de género, matrimonio y familia es la antigua crónica de Adán y Eva que aparece en el libro de Génesis […]. [Esta] crónica tiene la importancia de que se nos presenta como el proyecto original del creador para el matrimonio y la familia. Sea por sus implicaciones antropológicas o por razones puramente teológicas, este relato merece ser tomado en cuenta a la hora de fijar posiciones sobre cuestiones de género, matrimonio y familia (Dunker, 2003:15).

                De este orden creacional divino resaltan que Dios es creador de la identidad de género (Gen. 2: 25), que la Biblia plantea la sexualidad como algo maravilloso y bueno (Gen. 1: 31), y que muestra desde el comienzo al ser humano como alguien sexual (Gen. 2: 18) (Stamateas, 1999: 15). Según Stamateas, este mismo orden creacional define cuatro sentidos para la sexualidad humana: el sentido procreativo, que es una ley biológica de reproducción; el placentero, que es la ley fisiológica de sentir placer por el contacto; el de la autoestima, es decir la ley psicológica de la necesidad de ser mirados, y considerados; y el sentido de la intimidad, que es la ley espiritual en la cual el sexo es más que una penetración entre dos personas que se comprometen a estar unidas profundamente hasta llegar a ser uno (Stamateas, 1999: 18). Además de ser la sexualidad creación de Dios con propósitos y límites específicos, el orden creacional nos permite entenderla como una sexualidad caída y distorsionada a causa del pecado. Alfred Neufeld escribe al respecto:

Como todo orden creado, también la sexualidad posibilita un sinfín de desviaciones. Éstas ocurren, pero por no coincidir con el diseño del Creador no son legítimas. Esto vale para el bestialismo, el sadismo y el masoquismo, la homosexualidad y el lesbianismo, como también para ciertas brutalidades en algunas relaciones heterosexuales. La iglesia debe expresar aceptación y misericordia hacia cualquier individuo que sufre por la inclinación hacia desviaciones sexuales. Pero como con cualquier otro pecado, es necesario expresar el rechazo hacia esos actos inaceptables ante Dios (Neufeld, 2006: 434).

            Como el resto de la persona del ser humano, la sexualidad refleja en parte la gloria de su creador y las manchas del pecado. También se puede rescatar del paradigma del orden creacional que uno de los aspectos básicos de la revelación es que el hombre “es una totalidad indivisible. Podemos pensar de él como un cuerpo o como un alma o espíritu, pero estos dos aspectos –cuerpo y alma- constituyen una unidad” (Maston, 1981: 37). De modo que el orden creacional no permite concebir como natural un ser con cuerpo de un género y alma de otro. En relación a la complementariedad de los géneros, el proyecto original se restringe a las dos alternativas de varón y varona, y se excluye, por lo tanto, la homosexualidad. El hombre y la mujer tienen la misma dignidad y jerarquía, si él es varón, ella es varona, y finalmente, el hombre y la mujer fueron diseñados para asumir roles diferentes, no son dos varones ni dos varonas, sino cada parte complemento de la otra (Dunker, 2003:18). Sin embargo, vale la pena repetir la observación que al respecto realiza Smedes:

Aquí tenemos la mayor suposición de todos los juicios sobre la sexualidad: se pretende que toda la sexualidad humana alcance su clímax en el matrimonio heterosexual. ¿Pero, es cierto esto? No hay manera de establecer esto a menos que tomemos una decisión de fe y creamos que los indicadores bíblicos son ciertamente el deseo divino (Smedes, 1982: 73, 74).

            Por eso será de gran importancia reconocer que siendo que el paradigma valido de conducta debe ser aceptado mediante una decisión de fe, no resultará extraño que la postura de la iglesia parezca obstinada e injustificada ante quienes no comparten la misma fe.

C. El debate sobre sus derechos

            Acerca de los derechos de esta minoría sexual, se pueden distinguir dos áreas de su lucha según las características de sus exigencias. En primer lugar está la búsqueda de garantías y protección contra todo acto de discriminación, y en segundo lugar están sus intereses por conseguir la equiparación legal de las parejas homosexuales con las heterosexuales.

 

1. La discriminación

            Lo primero que hay que señalar con respecto a la discriminación, es que ésta no es intrínsecamente mala, es decir que no toda discriminación es de facto una forma de injusticia. Como se había ya mencionado en el capítulo uno, hablar de discriminar se refiere a seleccionar. De hecho, el diccionario de la Real Academia Española en 1956 daba esta sola acepción al término discriminar: “Separar, distinguir, diferenciar una cosa de otra” (VHI, 2007). Se mencionó también que el uso más común del término en la actualidad apunta más a la actitud de rechazo que se manifiesta en seleccionar excluyendo especialmente por razón de sexo, raza, lengua o religión. Es dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc. Esta segunda acepción se incorporó a la definición de la Real Academia en ediciones posteriores (DRAE, 2007; VHI, 2007). En cuanto a la primera acepción del término cabe mencionar lo referido por VHI[28] en su publicación por la Internet:

Vivimos discriminando. Discriminamos cuando elegimos un amigo, tomamos un empleado, votamos a un representante político, elegimos esposa, etc. La capacidad de elección es producto de la libertad. De por sí, no es algo bueno o malo, justo o injusto. Depende de las intenciones y razones por las que se discrimina (VHI, 2007).

            Sin embargo, la segunda acepción del término pareciera estar dirigida a restringir todo derecho de discriminar, en honor a la ya referida nueva tolerancia.[29] La finalidad de esta forma de no discriminación es promover libertades para algunos sectores que eventualmente han sufrido alguna forma de segregación, anulando las libertades de otros sectores por su derecho a elegir. Por ejemplo, la Enciclopedia Encarta define el término como: “Establecer diferencias en los derechos o en el trato que se da a determinados grupos humanos por motivos de raza, política, religión, etc.” (VHI, 2007). En tal sentido, al no especificar, dejando la lista abierta mediante un etcétera, permite incluir a cualquier minoría: narcotraficantes, mafiosos, ladrones, prostitutas, pederastas, etc.

            La constitución de la Ciudad de Buenos Aires, en su art. 11 aprobado en 1996, dice: “Se reconoce y garantiza el derecho a ser diferente por razones de orientación sexual, edad, etc.” (VHI, 2007). Derecho a ser diferentes por causa de orientación sexual significa ser diferente de la heterosexualidad. Al no hacer distinciones sobre cuáles son esas orientaciones diferentes, se extiende el privilegio a homosexuales, travestis, sadomasoquistas, pederastas y cualquier tipo de orientaciones sexuales. La definición de discriminación del Proyecto de Ley Contra toda Forma de Discriminación, incluye este tipo de listas abiertas.[30] Un ejemplo de esta tendencia es lo publicado por un organismo GLTB en una publicación de la Coordinadora de Derechos Humanos de Paraguay en el 2005:

En el transcurso de este año nuevamente hemos recibido denuncias de varones homosexuales expulsados por guardias de seguridad del centro comercial Mall Excelsior por la sola presunción de su homosexualidad y basados en la expresión de género, violando el derecho a la igualdad de todas las personas. Luego de tres años de seguimiento a este caso hemos notado que actualmente la discriminación es más abierta hacia varones homosexuales. El argumento de la gerente general del negocio (en una carta enviada al Gaglt el año 2004), justifica que este espacio público está destinado a la diversión de la familia, y que los homosexuales “no son bienvenidos” a este espacio. Tanto en las puertas de acceso al local como en las puertas de los baños masculinos rezan carteles con la inscripción “la empresa se reserva el derecho de admisión”, queriendo de este modo sostener hechos de discriminación de los cuales son responsables los dueños de la empresa (GAG-LT, 2005: 203).

            Evidentemente los responsables de este centro comercial han hecho discriminación por restringir sistemáticamente la entrada a algunos segmentos de la población en base a su orientación de género. Sin embargo, acusarles de haber atentado contra los derechos humanos de dicho grupo sería tanto como acusar de violentar los derechos humanos de niños y adolescentes a quienes les restringen el acceso a bares y tabernas, o a quienes les niegan la venta de bebidas alcohólicas haciendo discriminación por razones de edad.

            De igual manera se practica sistemáticamente la discriminación en restaurantes, aeropuertos y otros espacios públicos en que abiertamente se segrega a los fumadores. Un ejemplo de múltiple discriminación sistemática se da cuando un empleador publica una lista de requisitos a cubrir por los interesados en ocupar una vacante de empleo. Dicha lista podría ser algo así como –solicito profesora de inglés, mayor de 25 años, experiencia mínima 2 años en el área de educación-. En este ejemplo se observa una cuádruple discriminación por razones de sexo, idioma, edad y conocimiento. No obstante, en ninguno de los casos anteriormente señalados se podría hablar de violación alguna a los derechos humanos.

            Tres aspectos importantes resaltan de lo antes mencionado. En primer lugar, la búsqueda de libertades para los grupos GLTB niega el derecho de elegir y seleccionar de otros sectores. En esta línea de pensamiento resulta imposible diferenciar legalmente entre quienes discriminan negando o violentando los derechos de las minorías y aquellos que discriminan haciendo uso de su propio derecho a elegir. Se ignora así el principio que indica que los derechos propios terminan en donde los derechos ajenos comienzan. En el siguiente capítulo se propondrá un principio para la diferenciación. En segundo término, esta forma de ver la discriminación también tiende a omitir una diferenciación entre derechos inalienables y derechos condicionales del individuo. Al respecto VHI señala:

Hay derechos que se pierden. Así como un padre por causa grave puede perder la patria potestad sobre sus hijos, un criminal pierde el derecho a la libertad corporal, igualmente entendemos que un homosexual reconocido como tal, que se jacta de serlo, pierde el derecho a ser educador. Esa sería una discriminación justa. No se puede negar el derecho de los padres a elegir quienes serán los maestros de sus hijos. Ellos son los responsables del futuro de sus hijos, pero la responsabilidad exige libertad. No se puede acusar a un padre de discriminar porque se niegue a que un homosexual “militante” sea educador de sus hijos (VHI, 2007).

            Esta tendencia a enturbiar el ambiente mediante la generalización y la no diferenciación se constituye en la mejor estrategia para promover las opciones no heterosexuales cubiertas con la bandera de una sociedad supuestamente más humana. En tercer lugar, esta forma de entender la discriminación tiende a relativizar todo sistema de valores y a negar la existencia de paradigmas absolutos para la conducta del ser humano, pues de lo contrario, se vería la ley misma obligada a discriminar y hacer diferenciaciones en la aplicación del derecho. Toda ley que apunte a eliminar cualquier tipo de discriminación requiere de la base del reconocimiento de todo sistema moral como valido. No obstante, esta tendencia generalizada no significa que la negación y violación de derechos humanos no sea una realidad para estos y otros grupos minoritarios como lo testifica Rosas:

En los extremos, la homosexualidad expone a la pena capital en Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Irán, Mauritania, Nigeria, Pakistán, Sudán y Yemen. Menores penalidades de encarcelación se imponen en Bangladesh, Bhután, Guyana, India, las Maldivas, Nepal, Singapur y Uganda. Hasta junio de 2003, algunos estados de los Estados Unidos tenían leyes “contra la sodomía” con distintas penas. Los homosexuales se encontraban entre los grupos que fueron exterminados en el Holocausto nazi, aunque no había ningún esfuerzo efectivo de eliminar a todos los homosexuales (como sí se hizo en cambio con los judíos o los gitanos). Los homosexuales fueron enviados a menudo a morir en los campos de concentración. Se les seleccionó a menudo para acoso, tormento, tortura y asesinato especial, tanto por los otros encarcelados como por los guardias y debían llevar un triángulo rosa invertido, que posteriormente se ha convertido en un símbolo del orgullo y la identidad gay (Rosas, 2007).

            Esta discriminación y violencia a las minorías no heterosexuales se presenta en distintas formas y a distintas escalas y requiere, por lo tanto, distintas estrategias y diferentes esfuerzos para ser atendidas. De hecho, en la mayoría de los casos de discriminación no se requiere violencia física, exterminio ni aniquilación, para realizar la persecución discriminatoria a los grupos GLTB. Como lo señalaba el Consejo Mundial de Iglesias:

Las interrelaciones entre las distintas manifestaciones de la injusticia y la opresión son cada vez más claras. El racismo, el sexismo, la dominación de clases, la negación de los derechos de los pueblos y la opresión de castas están vinculados entre sí en una estructura parecida a una telaraña. Estas manifestaciones, tanto independientemente como por separado, son la causa de numerosas injusticias que originan muchos sufrimientos y muertes. Los instrumentos de opresión que mantienen y sostienen esta telaraña varían desde la sutil sonrisa que acompaña una negación hasta las gigantescas maquinarias militares (Barreiro, 1984: 233).

            Todo esto tampoco libera a la iglesia de su responsabilidad de buscar la dignificación de la vida del ser humano en su propio contexto. Mosivais pregunta: “¿A quiénes se les concede el goce pleno de los Derechos Humanos? No a los protestantes, en tanto practicantes de una fe, ni a los gays, ni a las prostitutas, ni a los delincuentes” (Monsivais, 2002: 121). Estos grupos más vulnerables siguen siendo del interés de Dios y por lo tanto necesitan del servicio y el compromiso activo de la iglesia, independientemente de que la causa de su condición de minoría se deba a prácticas contrarias a su fe y práctica.

 

2. La equiparación legal

            El segundo ítem en la lucha de los grupos GLTB es la búsqueda de la equiparación legal de sus relaciones de pareja con las condiciones legales de las parejas heterosexuales. Mientras las exigencias englobadas bajo el tema de la discriminación apuntan a la protección en contra de abusos de terceros a las garantías individuales de los homosexuales, esta segunda categoría exige nuevas leyes que permitan el matrimonio, buscando equiparar totalmente los derechos de las personas homosexuales y heterosexuales. Realmente el objetivo concreto es la reforma de los Códigos Civiles de tal forma que se eliminen de ellos las referencias al sexo de los contrayentes, permitiendo así también el matrimonio de las personas del mismo sexo (Sánchez, 2005).

En la mayoría de los países en que esto se ha logrado no ha sido mediante una ley específica dirigida hacia las personas homosexuales, sino a través de la modificación del Código Civil que rige el matrimonio heterosexual, por lo que el cambio conlleva todos los derechos asociados al matrimonio tradicional: jurídicos, económicos, inmigratorios, sanitarios, etc. incluyendo, por supuesto, el derecho a la adopción de hijos por la pareja, etc. Con la aprobación de estas leyes se cierra cualquier discriminación legal, ya que la equiparación es total (Sánchez, 2005).

Entre sus luchas incluyen el derecho a la reproducción asistida, en un intento de equiparar mayormente sus condiciones a las de las parejas de conformación heterosexual, forzando a la naturaleza por medio de la ciencia. Bonilla señala al respecto que “la voluntad de Dios […] es que la ciencia sea usada conforme a sus propósitos, los cuales son el bien del ser humano […] [es decir que] la inseminación artificial es ética cuando cumple con los parámetros establecidos por Dios” (Bonilla, 2003: 310).

            Además de atentar frontalmente contra los parámetros de Dios descritos en el capítulo dos, la equiparación legal y su perspectiva de justicia es una propuesta orientada exclusivamente a los privilegios legales de los interesados. Sin embargo, como indica Stob, la justicia se preocupa de la distribución de bienes a quienes se les deben bienes y de males a quienes se les deben males, es decir, que se ocupa tanto de los derechos como de los deberes. No obstante, la gente normalmente no reclama sus deberes. Lo que se le debe a un hombre incluye más de lo que él pudiera desear reclamar, pues la noción de justicia incluye un elemento el cual va más allá de la noción de derechos. Cuando se afirman derechos legítimos se impone deberes a aquellas personas que tienen que responder por estos derechos y reclamaciones. Puede decirse que en términos generales los deberes de los hombres están generados en los derechos de otros hombres (Stob, 1982: 125).

            De tal forma que si la libertad humana nunca puede describirse simplemente como exoneración de limitaciones, sino más bien como la exoneración de limitaciones indebidas, se deberá reconocer también que dichos grupos minoritarios requerirán de algunas limitaciones debidas. Por su parte, la iglesia no debe olvidar su compromiso con esas minorías que también tienen derecho a desprenderse de limitaciones indebidas (Stob, 1982: 179). 

V. La homosexualidad a la luz del conflicto ético para la iglesia

            Evidentemente, en medio de este clima de confusión, debate y relativismo, no existe un camino fácil para la tarea de la iglesia de responder a esta necesidad del mundo en el cual ella fue puesta por sal y luz (Mat. 5:13-16). Actuar con desconocimiento, prejuicio o indiferencia, puede llevar a la iglesia a fallar en esta misión. En este sentido Smedes recuerda que “los heterosexuales necesitamos poner en práctica la humildad cuando hablamos sobre homosexualidad, simplemente porque ignoramos mucho acerca de ella” (Smedes, 1982: 68).

A. Los errores más comunes

            En este contexto no es difícil aceptar que la iglesia haya cometido algunos errores a la hora de enfrentar esta problemática. A continuación se presentan algunos de los errores más comunes.

 

1. Discriminación

            Cuando ha existido discriminación por parte de la iglesia para con los grupos GLTB, una de sus principales manifestaciones ha sido la falta de equilibrio en el contenido de su discurso que dificulta diferenciar entre una postura contra las prácticas homosexuales y una postura homofóbica. Un ejemplo de esto es el libro del profesor de leyes F. Lagard Smith titulado La segunda venida de Sodoma: lo que usted necesita saber del mortal asalto homosexual. En su intento por reaccionar bíblicamente ante los comienzos de la legislación a favor de las opciones no heterosexuales en los Estados Unidos en la década de 1990, Smith no logra evitar llevar la balanza al otro extremo, señalando a los grupos GLTB como la plaga causante del estado caótico de la sociedad actual, merecedora del fuego del cielo, así es, la segunda Sodoma. Smith escribe textualmente:

El SIDA es una plaga que debería preocupar a cada uno. Pero así es en sí mismo el movimiento por los derechos del homosexual. Es una repugnante enfermedad transmisible que amenaza los valores morales del hogar, las escuelas y la iglesia. Debido al activismo de los homosexuales todos estamos en riesgo. Siglos atrás Sodoma y Gomorra representaron una cultura no diferente a la nuestra en la cual la perversión homosexual llegó a ser el símbolo de un pueblo que había desechado a Dios y su justicia. […] ¡Y Dios les mandó fuego desde los cielos! (Smith, 1996: 17).

 

            La tónica del resto del libro es similar. Señalar a la homosexualidad como la causa por la cual Sodoma y Gomorra se hicieron merecedores de fuego del cielo es tomar con ligereza el texto bíblico. Evidentemente la homosexualidad era uno de los pecados condenables en esas ciudades como lo señala Judas 7. Sin embargo, los profetas señalan más ampliamente a toda clase de desórdenes de carácter social.[31] De hecho, es una realidad que la humanidad toda es merecedora de fuego eterno de parte de Dios, pero no por ser todos homosexuales, sino por haberse apartado de Dios, lo cual ha resultado en desviaciones sexuales, injusticia social, idolatría, orgullo, etc. Esta forma de discriminación por parte de la iglesia denota cierto sentido de superioridad moral inapropiada. Stott escribe al respecto: 

Todos somos pecadores, y pecadores sexuales entre otras cosas. La doctrina de la depravación completa sostiene que el pecado ha corrompido y distorsionado cada parte de nuestro ser, incluida la sexualidad. El doctor Merville Vincent […] afirmó acertadamente en 1972: “sospecho que, desde el punto de vista de Dios, todos tenemos desviaciones sexuales. Dudo que exista alguien que nunca haya tenido un pensamiento lujurioso que se desviaba del perfecto ideal de Dios para la sexualidad” […] “Nadie (con la única excepción de Jesús de Nazaret) permanece limpio de pecado sexual. Por lo tanto, no cabe que abordemos este tema con una actitud de superioridad espiritual y moral. Por ser todos pecadores, estamos bajo el juicio de Dios y tenemos una necesidad apremiante de su gracia (Stott, 1995a: 8, 9).

            Quizá la actitud discriminatoria de la iglesia pueda ser justificada como una muestra del celo de la iglesia por los principios y valores divinos. Aún así cabe recordar que “la verdad de Dios es mucho más poderosa que las maliciosas mentiras del diablo […]. Ni necesitamos temer por la verdad, como si su supervivencia fuese incierta. Pues Dios vela por ella y nunca permitirá que sea suprimida por completo” (Stott, 1991: 81). De esta manera, será importante que, sin dejar de señalar el pecado del mundo, la iglesia se esmere en darle un nuevo énfasis a su demostración de amor testimonial como mejor estrategia para vencer al pecado. Como ya se había señalado antes, independientemente de la fuerza y coherencia de los argumentos cristianos en medio del debate, una actitud no cristiana ante las personas homosexuales hace que el sentido común favorezca a los defensores de sus prácticas, contribuyendo con esta actitud a que quienes practican la homosexualidad se alejen más de Cristo, en quien la iglesia proclama está la solución a su problema.

            No obstante, esta no es la única forma negativa de discriminación que la iglesia práctica para con los homosexuales. Sin duda la falta de formas proactivas de mostrar a los homosexuales el amor de Dios es tan grave y condenable como manifestarles odio y rechazo, como Smedes señala:

Los heterosexuales debemos mostrar compasión, porque no estamos hablando de criaturas extrañas, subhumanas ni monótonamente estereotipadas. Estamos hablando de personas que son tan diferentes unas de otras como lo son también los heterosexuales entre sí. Estamos hablando de personas que fueron creadas a la imagen de Dios y, especialmente, estamos hablando de personas cuya vida sexual les pone en viaje hacia la ansiedad, la infelicidad y la soledad. El homosexual es un individuo ansioso porque intuye que la relación homosexual ofrece una promesa muy pequeña en cuanto a una realización profunda y duradera. Se siente solo porque tiene que luchar con su identidad sexual entre personas que no pueden comprenderle y cuyas instituciones sociales no tienen lugar para él. La mayoría de los homosexuales no se pasan la noche dando vueltas por los bares en busca de simpatía y sexo. Miles de homosexuales viven una vida moralmente intachable y, a menudo, también profundas experiencias religiosas” (Smedes, 1982: 70).

            Evidentemente, la iglesia tiene la responsabilidad de señalar al pecado, sea cual fuere su forma. No obstante, la tarea principal de la iglesia como agente de reconciliación entre Dios y la humanidad requerirá de estrategias que pasen por encima de las barreras de la discriminación para hacer llegar a los oprimidos por el pecado el mensaje de amor y salvación de Jesucristo.

            Ese ha sido el ejemplo del Maestro. Con respecto al encuentro de Jesús con la mujer samaritana en el pozo, Severino Croato menciona tres razones por las cuales resultaba especialmente extraño el atrevimiento de Jesús de no sólo hablarle, sino establecer un diálogo franco con ella. En primer lugar, era samaritana. Por su origen étnico ya era una persona odiada. En segundo lugar, era mujer. Pertenecía a una minoría sexual relegada socialmente. En tercer lugar, argumenta sobre la posibilidad de que fuera una prostituta. Es decir, que además de su género y origen étnico, era marginada por sus prácticas reprobadas. Croato señala la importancia de este encuentro, ya que Jesús reiteradamente demostró su opción por los marginados sin importar el motivo de su marginalidad (Croato, 1991: 58). Ese fue Jesús, atravesando las barreras que mantenían al hombre pecador alejado de él.

 

2. Aceptación/exaltación

            Pero la discriminación no es el único error cometido por la iglesia frente a los desafíos de la homosexualidad. Se ha mencionado con anterioridad sobre el fuerte trabajo realizado por grupos GLTB y otras ONG´s, con el apoyo de los medios masivos con el fin de lograr la aceptación generalizada de la homosexualidad. Cambios en las leyes, programas radiales y de TV, marchas de orgullo gay, nuevas enseñanzas respecto al modelo de familia en los libros de texto, etc. son algunas de las formas de presionar a la sociedad hacia ese fin y la iglesia no escapa a esa presión. De hecho, la amplia agenda de los activistas GLTB no se limita a buscar su reconocimiento, sino su exaltación como supuesto baluarte de una lucha por la humanización de la sociedad.[32] Galán lo reconoce al decir:

El concepto VARÓN HEMBRA en la Biblia y su proyección cristiana, en el entorno cultural que nos rodea […] es un tema muy complicado y lleno de dificultades, pero no solo para la iglesia, sino para la sociedad en sí misma. En realidad, la iglesia es la que menos problemas tiene, y si no fuera por las demandas del «mundo», que de forma insidiosa nos invita a que le imitemos, no tendríamos dificultades de ningún tipo, pues nuestro Salvador nos ha dado la «sabiduría» para una vida estable y feliz (Galán, 1992:77).

            De esta forma, diferentes iglesias y denominaciones han adoptado distintas posturas al respecto, dando un mensaje incongruente a la sociedad. Ya se ha mencionado que entre las primeras denominaciones en aceptar las opciones no heterosexuales se encuentran los cuáqueros, en 1963, y los anglicanos y los metodistas en 1979 (Stott, 1995a: 31). Hoy en día no es difícil encontrar iglesias y organizaciones con ministerios[33] y teología[34] exclusivos para homosexuales, así como iglesias tradicionales integrando en su clero a homosexuales declarados y activos. El mensaje expresado en esta variedad de posturas frente a la homosexualidad se ve reflejado en la crítica que el periodista argentino Alejandro Seselovsky hace en su libro titulado Cristo llame ya!: crónicas de la avanzada evangélica en la Argentina.

Aleluya, por lo que cabe. […] Es que es ancha la iglesia evangélica […]. Y todo cabe ahí adentro […].Cabe Focus on the Family, unos conservadores que vinieron a Buenos Aires para repudiar la unión civil entre personas del mismo sexo y dictaron un seminario donde explicaban por qué los homosexuales se van al infierno. Y caben los gays y las lesbianas que se pusieron iglesia propia para adorar a Cristo sin dejar de ser lo que eran, y al principio eran muy pocos y ahora no son tan pocos y en la iglesia no reparten hostias sino preservativos (Seselovsky, 2005: 12,13).

 

            Quizá la dificultad principal ante el tema es la necesidad señalada por Smedes de encontrar el justo equilibrio entre dos conclusiones simples y comunes: 1) La homosexualidad es simplemente una forma especial de la sexualidad normal. Según esta conclusión, un homosexual es diferente sólo porque está en minoría. Por lo tanto, no existe ninguna razón para que cambie o quiera cambiar sus inclinaciones. Si existe un problema moral en conexión con la homosexualidad, radica en los heterosexuales, quienes en su ignorancia privan a los homosexuales de sus derechos de igualdad plena en la sociedad. 2) La homosexualidad es una perversión autoelegida. Según esta óptica, el homosexual es una criatura indecente y religiosa. Simplemente desea distorsionar la naturaleza y corromper a otros en el proceso. Su único camino decente es que desee cambiar sus malas inclinaciones y tomar el camino de convertirse en heterosexual. Si no cambia es únicamente porque prefiere la degeneración a la normalidad. Siendo que se trata de un degenerado, es una amenaza para los heterosexuales débiles. Por lo tanto, si no cambia su conducta reprobada, la sociedad debería coercionarlo. La primera postura es el juicio proveniente de los sentimientos y propicia la aceptación total de algunos sectores de la iglesia e incluso su exaltación en un intento de reivindicación; la segunda, el resultado de la repulsión, y trae consigo la discriminación. Vale la recomendación concluyente de Smedes de decidirnos a formar juicios morales razonados, porque es muy fácil que ellos gobiernen nuestros sentimientos o bien que lleguemos a caer en la nauseabunda corriente generalizada de alabar las anomalías homosexuales. Ambas posturas son superficiales y no son una aproximación responsable al problema total y real (Smedes, 1982: 70,71).

 

3. Indiferencia

            Un tercer error de la iglesia frente a la problemática GLTB es la indiferencia. Esta actitud resulta ser el mejor aliado del pecado, pues mantiene en silencio al órgano mediante el cual Dios le resiste en el mundo actual. Generalmente el silencio es un intento de no involucrarse en alguna situación. No obstante, cuando la iglesia calla, cede a favor del mundo y el pecado. René Padilla escribe: “de lo primero que tenemos que arrepentirnos muchos cristianos es de nuestra neutralidad […]. Neutralidad es un eufemismo para indiferencia y desamor, insensibilidad y dureza de corazón” (Padilla, 1992: 20, 21). Si la intolerancia de la iglesia es resultado de su celo mal interpretado por el Reino y la justicia de Dios, y si la aceptación es el resultado de ceder ante las presiones de la nueva sociedad secularista, la indiferencia es el resultado de aceptar calladamente la imposición del pecado sobre la vida de la humanidad.

            De hecho, uno de los medios más comúnmente usados en el activismo GLTB es el discurso referido al orgullo gay, marchas por el orgullo gay, día internacional del orgullo gay, himno del orgullo gay, etc. Esta corriente de acción es más que una simple reacción reivindicadora como resultado de los muchos años de discriminación a los homosexuales. Es un intento unificado por librar a la homosexualidad del estigma de vergüenza que le acompaña. Se dice popularmente que “no es pecado robar, sino ser descubierto”. Este dicho refleja como la mentalidad de hombres y mujeres, por lo menos en el contexto latinoamericano, relaciona más la falta moral con la vergüenza que con la culpa. Del mismo modo sucede con las personas que cometen adulterio, pues una vez que han sido descubiertos en su infidelidad, casi todos se arrepienten.

            Por este motivo, resulta sumamente importante para la agenda del activismo GLTB, lograr separar la homosexualidad de la vergüenza. Para la mentalidad actual, el principio rector es si para ti está bien, es bueno-, es decir que si no causa vergüenza no puede ser malo. Al respecto es factible responder junto con Smedes que la vergüenza es algo bueno.

Es un sentimiento doloroso de que no somos lo que creemos que deberíamos ser; tener vergüenza es tener un claro sentir de lo quebrantada que es nuestra vida y, además, un anhelo de ser completos. Querer librarnos de la vergüenza llevaría a caer en una auto-confianza excesiva, porque sin ella sería vivir en la ilusión de que somos todo lo que deberíamos ser. Y creo que esto debe decirse, porque vivimos en una época en que estamos francamente resueltos a liberarnos de todo rastro de vergüenza (Smedes, 1982: 50,51).

 

            Por tanto, la iglesia tiene el desafío de no ser cómplice del pecado por medio de su silencio. Esta fue una necesidad percibida en 1983 por el Consejo Mundial de Iglesias en su VI Asamblea realizada en Vancouver, Canadá. En las conclusiones del documento titulado “La lucha por la justicia y la dignidad humana”, se incluyen recomendaciones a las iglesias para involucrarse de forma significativa en la lucha por los derechos humanos (Barreiro, 1984: 238, 239). La cuestión es, si Dios ama la justicia y odia la opresión ¿Cómo podemos aceptar aquello que le disgusta profundamente, o fingir indiferencia hacia aquello con lo que Dios tiene un compromiso profundo? Por tanto, la indiferencia es inconcebible para los cristianos que sostienen una doctrina bíblica de Dios (Stott, 1991: 57, 58).

 

B. Los conflictos éticos

            Ya se ha dicho que la Biblia refleja gran interés de Dios por los derechos humanos y que la perspectiva bíblica apunta principalmente a la responsabilidad del creyente de luchar por los derechos de los más débiles aun a costa de los propios. Se ha dicho también, que toda práctica que se aleja del propósito divino es un pecado y que la iglesia tiene la tarea de señalarlo en su contexto particular. De esta forma la iglesia tiene una doble responsabilidad ética, una frente al ser humano y la otra frente al pecado; la primera es de anuncio y dignificación y la segunda es de denuncia y rechazo. En el caso de los derechos de GLTB, la iglesia enfrenta un conflicto a la hora de querer responder efectivamente a ambos llamados divinos. La situación se agrava cuando los derechos humanos que pretende defender no sólo entran en conflicto con la tarea eclesial de denunciar el pecado, sino que, estos a su vez atentan contra los derechos de otros sectores de la sociedad. Stott escribe al respecto:

Los derechos que Dios dio a todos los seres humanos por igual, con facilidad degeneran en mis derechos, los cuales insisto en defender, independientemente de los derechos de otros o del bien común. […] cuando los derechos humanos entran en conflicto unos con otros, se nos presenta un difícil dilema ético (Stott, 1991: 169).

            Esta doble tensión anuncio-denuncia/derechos propios-derechos ajenos, es la responsable de los errores anteriormente señalados. La dificultad para lidiar con tal tensión lleva a la iglesia a inclinarse hacia uno de los extremos o bien a rehuir del conflicto ético por la vía de la indiferencia. Sin embargo, como dice Maston:

Las tensiones constructivas resultan de un intento honesto de vivir una vida cristiana consecuente y contribuir en la medida en que uno pueda a la elevación del mundo hacia el propósito de Dios para él […]. La tensión es natural e inevitable para el cristiano sincero (Maston, 1981: 162).

 

            Por tal motivo es importante enfrentar el desafío de responder a la problemática asumiendo el desafío ético que representa. A continuación se presentan los principales puntos de tensión.

 

1. Señalar sin discriminar

            En primer lugar se observa que la forma en la que es vista la homosexualidad cobra gran relevancia a la hora del debate. Si se la llama enfermedad, algunos defenderán que tal clasificación es producto de la ignorancia (García, 2004). Si se le señala como distorsión de la orientación sexual natural, explicarán que es sólo una más de las múltiples opciones que en cuanto a orientación sexual tiene el ser humano, es decir, su propia forma de asumir su orientación sexual natural (AACAP, 2004). No obstante, para quien tiene interés en reconocer lo que indica el paradigma bíblico/creacionista queda absolutamente claro el nombre que le otorga la Biblia. Al respecto Giles afirma:

El mensaje bíblico es válido, y llama pecado al acto homosexual. Es probable que algunos homosexuales hayan llegado a tener esa orientación por influencias malsanas en el ambiente. La Biblia dice que el homosexual puede arrepentirse y cambiar su conducta, y Pablo cita el caso de algunos en la iglesia de Éfeso que anteriormente eran así […] (1 Cor. 6:11) (Giles, 2001: 161).

 

            De esta forma, siendo la homosexualidad considerada bíblicamente un pecado, es responsabilidad de la iglesia señalarla y denunciarla como tal. El gran peligro del error ocurre cuando en el afán por señalar el pecado, se comienza a discriminar al pecador. Esto es especialmente cierto cuando el creyente ostenta y presume de superioridad moral. La cuestión es cómo hacer lo uno sin hacer lo otro. En la búsqueda del equilibrio la primera clave será la humildad, es decir, ver la humanidad y debilidad propia, en la vida del otro (Giles, 2001: 330). Como dice Juan Stam:

Dios nos ha hecho a todos de una sola sangre […] dentro del evangelio no cabe ninguna discriminación de raza, cultura, sexo, condición económico-social ni ninguna otra cosa […]. Los cristianos que persisten en prejuicios raciales, sociales o sexistas, simplemente no han terminado de convertirse al evangelio integral. Si en la primera creación no puede haber discriminación, mucho menos en la nueva creación (Stam, 2003:81).

            Paradójicamente la segunda clave es precisamente hacer una discriminación, es decir, diferenciar. El problema surge cuando juzgamos o reivindicamos indiscriminadamente a toda persona con orientación homosexual sin tener en cuenta su estilo de vida y cuando etiquetamos indiscriminadamente a cada persona sin diferenciarla sustancialmente de su propio pecado. En tal sentido se debe hacer una doble diferenciación (discriminación). Primeramente es necesario diferenciar entre orientación y práctica homosexual, y en segundo término se debe diferenciar entre pecado y persona. Con respecto a la primera diferenciación, Smedes escribe:

Deberíamos recordar la diferencia entre tragedia y pecado. En la vida sexual humana existe gran cantidad de tragedia, pero muchos que la sufren no son culpables; muchos hay que a menudo son víctimas de una situación que está más allá de su control y si queremos ver a la persona en toda su dimensión – incluyéndonos a nosotros mismos – con ojos compasivos, debemos ser sensibles a la tragedia en la medida que lo somos para juzgar y culpar […]. En razón de que nos es imposible señalar con entera precisión la medida exacta de responsabilidad que tienen muchos por sus distorsiones sexuales, haríamos mucho mejor si dejáramos las decisiones finales en las manos de Dios. Creo que esto es de fundamental importancia no solo para prevenir el juicio moral innecesario de otros, sino también para evitar un complejo de culpa innecesario dentro de nosotros (Smedes, 1982: 44).

            De esta forma será importante no emitir juicio rápido ante cualquier persona que manifieste o aparente orientación homosexual, ya que el pecado no es la orientación sexual de la persona, sino el uso que la persona hace de su orientación sexual. Esto es cierto tanto para el homosexual como para el heterosexual. Muchas personas con orientación homosexual llevan una vida de pureza al igual que un alcohólico puede llevar una vida de abstinencia o un mitómano una de honestidad por su propia sujeción a Cristo. Por otra parte, resulta un acto no sólo discriminatorio, sino también sumamente cruel cuando varones de modales y conductas delicadas y mujeres de actitudes más rudas son marcados, señalados y en algunos casos condicionados como homosexuales sin en realidad serlo. Stamateas lo afirma al decir:

Una persona puede ser delicada en su forma de ser, esto no significa que su orientación sea homosexual. Aquí nos gustaría remarcar lo importante de los “diagnósticos” que se realizan a la ligera. Muchos al ver al afeminado dicen: “va en mal camino”, “este si no termina siendo homo…” y frases así que lo único que hacen es condicionar a quien las escucha a creer que a la larga terminará siendo homosexual. Esto lo conocemos en psicología como “profecía autocumplidora” (Stamateas, 1997: 206).

            No obstante, aún quedan los homosexuales activos, en cuyo caso cabe la segunda diferenciación. Ir por la vida llamando homosexual a personas con orientaciones no heterosexuales, sería tanto como vivir llamando y clasificando a la gente de acuerdo a su pecado más evidente. Es ver a la gente por el filtro de lo que hace y no de lo que es. De esta forma en lugar de nombres, toda persona dentro y fuera de la iglesia tendría etiquetas como, los mentirosos, los hipócritas, los infieles, etc. Por este motivo se debe aceptar el principio de que gustos, orientaciones, prácticas y costumbres no determinan aquello que la persona es.

            En tal sentido un primer paso hacia la superación de la discriminación será quitar el titulo de homosexual y referirse a personas con orientación y/o prácticas homosexuales. De la misma forma la iglesia, en medio de su discurso, deberá ser clara en señalar su rechazo y desacuerdo con las prácticas homosexuales evitando toda declaración que señale o insinúe rechazo a las personas con tal orientación. Títulos como sodomitas, pervertidos, degenerados, etc. por no diferenciar entre pecado y persona, son discriminatorios y deben ser evitados por la iglesia. Más aún, será de gran importancia que en su enseñanza y formación de sus discípulos promueva y enfatice la aceptación de tales personas que sufren bajo los efectos del pecado.

 

2. Tolerar sin justificar

            La anterior idea de aceptar a la persona sin aceptar necesariamente su estilo de vida, es absolutamente compatible con el concepto tradicional de tolerancia, aunque hay que reconocer que la sociedad espera mucho más que eso. En una realidad de nueva tolerancia, el desafío ético para la iglesia es doble, pues no sólo debe adoptar una actitud tolerante para los grupos GLTB y personas con orientación y práctica homosexual, sino que debe hacerlo sin la socialmente esperada actitud de reivindicar su estilo de vida como aceptable y valido en vista del relativismo moral. En tal sentido se debe tener claro que la tolerancia a la que la iglesia puede y debe apuntar no es la nueva tolerancia según la cual, para ser verdaderamente tolerante, hay que estar de acuerdo en que la posición de la otra persona es tan válida como la propia (McDowell, 1999: 23, 34), sino más bien a la referida por el significado tradicional del término que la define como “el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias” (DRAE, 2007).

            Evidentemente este es el caso de los grupos GLTB, en tanto sus prácticas no sólo difieren, sino que son en muchos sentidos contrarias a las aceptadas y proclamadas por la iglesia en base al paradigma bíblico/creacionista.[35] En base a esta acepción del término, la iglesia debe valorar, respetar y aceptar al individuo sin necesariamente aprobar o participar de sus creencias o modo de actuar, ya que la tolerancia tradicional hace diferencia entre lo que una persona piensa o hace y la persona misma (McDowell, 1999: 26). Al respecto de esta forma de tolerancia Stott escribe:

La política de la imposición es inconcebible para quienes sostienen una doctrina bíblica del hombre. Pues Dios creó al hombre y a la mujer como seres responsables […] [y les dio mandatos que] carecerían de sentido si Dios no hubiera dotado al hombre de dos dones únicos: conciencia (para discernir entre las opciones) y libertad (para elegir entre ellas) […]. A lo largo de las Escrituras se presupone que los seres humanos son seres morales, responsables de sus acciones. […] se les exhorta a obedecer y se les advierte del castigo por la desobediencia. Pero nunca se los obliga. Nunca se emplea la coacción. Solo la persuasión mediante la argumentación: «El Señor dice: ‘Vengan, vamos a discutir este asunto’» (Is. 1.18 VP) (Stott, 1991: 58).

            De esta forma, todo acto de intolerancia (en el sentido tradicional del término) atenta no sólo contra la libertad y los derechos humanos, sino contra la persona de Dios por contradecir la forma en que Él mismo trata con el tema. Evidentemente la tensión justificada de la iglesia en este dilema ético radica en su búsqueda de coherencia con su vocación de señalar el pecado. Sin embargo, este llamado debe ser asumido en forma de denuncia profética y no de modo coercitivo o punitivo. Por otra parte, hablar de intolerancia no sólo se refiere a la falta de respeto a ideas, creencias o prácticas de otros por ser diferentes o contrarias a las propias, sino que va más lejos en la demostración de falta de respeto a la persona misma por causa de esas ideas, creencias o prácticas, lo que en el caso de los grupos GLTB se manifiesta en actos de homofobia. Monsivais observa que en lo tocante a la discriminación, la intolerancia aprovecha el desinterés y la abulia[36] social, así como la ausencia de convicción en los derechos de la mayoría de sus víctimas (Monsivais, 2002: 121). Por este motivo la iglesia debe evitar ser cómplice de tales actos que atentan contra la dignidad del ser humano.

3. Defender sin promover

            Toda vez que la iglesia acepta que en el mensaje bíblico se refleja el interés de Dios por la protección y cuidado especiales para los más débiles y vulnerables y el llamado al pueblo de Dios a ser la voz de los que no tenían voz y el defensor de los indefensos, incluyendo a sus enemigos (Stott, 1991: 170), debe aceptarse esta vocación como tarea pertinente a la iglesia cristiana de hoy. Las libertades de expresión y asociación son medios indispensables para promover una vida digna en la sociedad por lo que la iglesia debe reafirmar su apoyo a esas libertades y su ayuda a los que sufren por haberlas ejercido (Barreiro, 1984: 285-286). Los derechos humanos son dados por Dios y el pueblo de Dios debe velar por ellos:

Según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamadas en esta declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, posición política, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición (art. 2). Este es el caso porque Dios no hace acepción de personas. Su amor se extiende sobre justos e injustos, buenos y malos. Si es así, toda violación de Derechos Humanos se cometa contra quien se cometa, es abominable delante de Dios […]. No podemos escoger a las víctimas cuyos derechos pedimos sean respetados (Padilla, 1992: 18, 19).

            Esta tarea implica no solamente una actitud no discriminatoria y tolerante de la iglesia a los grupos GLTB y personas con orientación homosexual, sino que requiere de alguna forma de activismo eclesial que apunte al establecimiento de los derechos de las personas. Monsivais señala que las minorías suelen encontrar a sus únicos defensores dentro de sus filas y en muchos casos aún entre ellos, es limitado el número (Monsivais, 2002: 120). Es por eso que la iglesia está llamada a ser solidaria con los que construyen el poder del pueblo para crear una sociedad con mayor participación a través del ejercicio legítimo del poder. Es desafío de la iglesia apoyar a las personas que resisten a la opresión, combaten las causas de la injusticia y se arriesgan en la búsqueda de una nueva sociedad (Barreiro, 1984: 233). El desafío en este caso es lograr hacer la diferenciación entre el activismo de la iglesia por los derechos de las personas y el activismo de los grupos GLTB y ONG´s seculares en pro de la reivindicación de las prácticas y opciones no heterosexuales.

V. Los desafíos para la iglesia

            En el desarrollo del presente trabajo se ha observado la realidad actual en lo referente a los movimientos GLTB, sus luchas y sus exigencias y su condición de minoría social que enfrenta la discriminación e intolerancia. Se ha podido además repasar brevemente los postulados paulinos al respecto de la homosexualidad y como las Escrituras ofrecen el paradigma de referencia para la conducta del ser humano incluido el comportamiento sexual. Además de lo anterior, se ha aclarado como tanto los derechos de los homosexuales como los parámetros bíblicos de pecado tienen una dimensión comprometedora para la iglesia que quiere ser obediente al llamado de su Señor. Esta tarea de anuncio/denuncia frente a la temática de los grupos GLTB han generado fuertes debates entre la iglesia y los sectores considerados más progresistas de la sociedad y como consecuencia el pueblo de Dios ha sido colocado en medio de una serie de dilemas éticos en su intento de ser sal y luz (Mat. 5:13-16) en la sociedad en que su Señor le ha llamado a servir. En este contexto resta preguntar junto con Stott “¿cómo podemos ejercer influencia para Cristo? ¿Qué significa en la práctica ser la sal y la luz del mundo? ¿Qué podemos hacer por el cambio social?” (Stott 1991: 77). El siguiente fragmento de un escrito de Tatford describe el por qué de la urgencia de que la iglesia defina una postura firme, bíblica y autocrítica:

 Los acontecimientos nos sobrepasan a toda velocidad. Ideas van y vienen a un paso fantástico. La vida está compuesta por un sin fin de experiencias. Tenemos que decidir cuál será nuestra actitud cuando tantas novedades se nos enfrentan, para determinar cómo actuaremos o qué diremos. Y ello ocurre con tanta precipitación que toda la estructura de nuestra vida se complica. No podemos adaptarnos con la necesaria rapidez y no podemos tomar las decisiones a tiempo y, como consecuencia, encontramos que no somos eficaces y optamos por dejar que los sucesos nos pasen de largo sin enfrentarnos con ellos. Si los cambios son muy fundamentales, no podemos con ellos y reaccionamos con pánico o rehusamos reconocerlos. Los valores morales se alteran, y la tensión provocada al tratar de ajustarnos puede llevarnos al neurosismo. Se pierde la estabilidad (Tatford, 1972:12,13).

            El ritmo con el cual cambia la sociedad actual impide a la iglesia dar una respuesta simplista y crea una falta de coherencia entre el discurso y la práctica, de ahí la necesidad señalada por Gerber al escribir:

Como escritores teológicos, maestros, predicadores y líderes, es conveniente e importante que conversemos entre nosotros y con otras personas en la iglesia, no sólo en cuanto a la forma y contenido de nuestras ideas teológicas sino, además, acerca de nuestros compromisos y actos concretos, en respuesta a Dios en Cristo (Gerber, 1993: 203, 204).

 

            A continuación y a manera de conclusión, se presenta los principales desafíos para la iglesia frente a la realidad de la lucha por los derechos de los homosexuales.

 

A. Dignificar al ser humano

            En primer lugar se ha dicho que la iglesia “está llamada a la acción por la justicia y la paz” (Padilla, 1992: 21). Este llamado incluye la labor de reivindicar por tantos medios como a la iglesia le fuere posible el valor y la dignidad de los seres humanos. Involucrarse activamente en esta lucha no significa adoptar perspectivas humanistas que elevan a hombres y mujeres por encima de su estatus de seres creados como lo hacen los grupos progresistas seculares (convirtiendo al ser humano y a la creación en el paradigma de conducta). Más bien, la iglesia toma un compromiso activo en la tarea de dignificar al ser humano y reivindicar a los oprimidos con una conciencia teocéntrica, que sirve a Dios a través del prójimo y que reconoce la obra de Dios mismo en este proceso de dignificación, que por supuesto incluye a las personas con orientación y prácticas homosexuales.

            Stott señala que “por firme que sea nuestra desaprobación de las prácticas homosexuales, no tenemos derecho alguno a deshumanizar a los homosexuales, a considerarlos menos que humanos” (Stott, 1995a: 7). No importa la condición, carácter o estado del ser humano, nada excusa a la iglesia de cumplir con tal profesión. William Temple acertó en expresar el fundamento teológico que impide toda discriminación en esta lucha por reivindicar la dignidad humana al escribir: “Mi valor es lo que valgo para Dios; y es muchísimo, pues Cristo murió por mí. Así pues, aquello que da más valor a cada uno de nosotros da el mismo valor a todos, en lo que más importa todos somos guales” (Temple en Stott, 1991: 168). Maston profundiza la idea:

Los dos hechos íntimamente relacionados, que el hombre fue creado a la imagen de Dios y que Cristo murió para restaurar esta imagen, confieren al hombre su dignidad y su valor […] tal valor y dignidad pertenecen al hombre como tal: a hombres y mujeres, negros y blancos, ancianos y jóvenes, ricos y pobres, puros y enlodados, sabios e ignorantes, listos y tontos, morales e inmorales. Ningún hombre se ha elevado tanto o ha descendido tanto que no haya sido creado a la imagen de Dios y por el cual Cristo no haya muerto (Maston, 1981: 42).

            De hecho, en lo que más importa no existe diferencia alguna entre heterosexuales y homosexuales. En el mundo no existe ser humano que haya pecado tanto o se haya alejado tanto de Dios que quede fuera del alcance de la gracia divina. En la historia reciente algunos sectores de la iglesia han realizado esfuerzos por hacer un acoplamiento a la lucha por los derechos humanos de forma coherente con los principios bíblicos, como es el caso de la Asamblea de Nairobi del Consejo Mundial de Iglesias (Barreiro, 1984: 284) que afirmó su compromiso en la promoción de los derechos humanos. No obstante, es una realidad que ésta es una tarea inconclusa y que “no siempre ha estado la iglesia a la vanguardia de la lucha por los Derechos Humanos” (Padilla, 1992: 18).

            Además de la fuerza que la iglesia pueda tener como activista social, por su autoridad moral y fuerza de convocatoria, ella cuenta con los recursos propios de su naturaleza como comunidad de creyentes: la oración y el evangelismo. Sobre la primera Stott escribe:

Algunos activistas sociales cristianos rara vez se detienen a orar. Y hay iglesias que no parecen tomar en serio la oración. Si en la comunidad (de hecho, en el mundo) hay más violencia que paz, más opresión que justicia, más secularismo que santidad, ¿no será que los cristianos y las iglesias no están orando como deberían? (Stott, 1991:78).

            En medio de esta lucha desarrollada en el contexto de una sociedad secularizada, la oración y el evangelismo son el aporte particular de la participación de la iglesia. En relación a la evangelización, Stott señala dos razones por las que ésta debe verse como el preludio necesario y el fundamento de la acción social de la iglesia. La primera es que el evangelio transforma personas, y la segunda que el evangelio que transforma personas también transforma culturas (Stott, 1991:78-80). Si bien la acción social de la iglesia, orientada a la dignificación del ser humano, ha de realizarse aún en los casos en que ésta no ofrezca oportunidades “evangelísticas” propiamente dichas, hay que tener en cuenta que el mensaje transformador del evangelio es lo mejor que tiene la iglesia para dignificar a la persona que lo recibe. No obstante, hay que recordar que, como dice Stott, “junto con el testimonio positivo de la verdad debe ir su contrapartida negativa: la protesta contra la insensatez, la falsedad y la iniquidad” (Stott, 1991: 83). Así que la tarea de la iglesia incluye denunciar todo pecado relacionado a la problemática GLTB, comenzando por el pecado de la homosexualidad.

 

B. Denunciar el pecado de la homosexualidad

            De esta forma, el segundo desafío de la iglesia es señalar las prácticas homosexuales y todo estilo de vida no heterosexual como pecado en base a su ética bíblica y como respuesta a su llamado y misión profética. Influir en medio de la problemática social contemporánea no sólo es posible, sino que es el deber de todo creyente en base a la descripción que Jesús hace de sus seguidores como sal y luz del mundo. De esta ilustración Stott saca cuatro verdades fundamentales: 1) Los cristianos son fundamentalmente distintos de los no cristianos; 2) los cristianos deben permear la sociedad no cristiana y no segregarse socialmente; 3) los cristianos pueden influir en la sociedad no cristiana; y 4) los cristianos deben mantener su diferenciación cristiana (Stott, 1991: 74-76). Este llamado a ser sal y luz le compromete a resistir la presión por parte de la sociedad secular de soslayar el pecado de la homosexualidad.

            Vale la pena señalar algunos aspectos importantes a tener en cuenta a la hora de realizar esta denuncia. En primer lugar, se debe recordar que los pecados relacionados a la condición homosexual no son los únicos, no son los peores y no son los más repudiados por Dios (Stott, 1995a: 8, 9). Es un hecho que los efectos del pecado sobre nuestra sexualidad no están limitados a cierto tipo de prácticas que resultan comúnmente más repulsivas como la homosexualidad, sino que, incluyen también a otros pecados sexuales propios de la heterosexualidad. También los heterosexuales son llamados a ser moralmente responsables por su decisión de lo que harán con su sexualidad. El pecado se ha infiltrado dentro de la sexualidad para impedir su desarrollo y alcanzar una unión verdaderamente humana con otra persona (Smedes, 1982: 68, 81). Esto incluye en la misma categoría a todo acto sexual heterosexual que falle en alcanzar dicho objetivo.

            Quizá se podría objetar que la homosexualidad es peor en relación a sus efectos negativos y desmoralizantes en la sociedad y contra la familia. Sin embargo, este argumento pasa por alto el grave daño familiar y moral causado por pecados como la violencia familiar que sigue ocultándose y aún justificándose en algunos sectores de la iglesia. Por tanto, la tarea de la iglesia de denunciar el pecado no se limita al pecado de la homosexualidad y debe incluir, en primer lugar, la denuncia al pecado que se ha infiltrado a su interior y no sólo el de la sociedad. Otro aspecto a tener en cuenta es el señalado por Stott:

Los derechos humanos no son derechos ilimitados como si fuésemos libres de hacer absolutamente lo que queramos. Se limitan a aquello que sea compatible con ser la persona humana que Dios creó y que tenía como propósito para nosotros. La verdadera libertad la hallamos siendo nosotros mismos auténticos seres humanos, no contradiciéndonos. Este principio ha sido útil también cuando tratamos el tema de la demanda de «derechos de la mujer» y de «derechos del homosexual». La pregunta que surge frente a estas demandas es hasta dónde las prácticas feministas y homosexuales son compatibles con la naturaleza humana que Dios ha creado y se propone proteger (Stott, 1991: 168, 169).

 

            La denuncia del pecado no significa atentar contra los derechos humanos. De hecho, como se dijo anteriormente, el evangelio libera del pecado, la libertad del pecado humaniza y la búsqueda de estos dos elementos de libertad y humanización son el principio de la lucha por los derechos humanos. De tal forma que no cabe que la iglesia se acompleje por ser etiquetada de fundamentalista al exponer su postura de denuncia del pecado de la homosexualidad, pues si algo es previsible es que tal denuncia no gozará de la aprobación popular.

 

C. Denunciar el pecado de la discriminación

            Dentro de su función de denuncia del pecado, la iglesia debe tener en cuenta también la denuncia de los pecados que son cometidos en contra de las personas con orientación y/o prácticas homosexuales, pues como dice Padilla, la violación de los derechos humanos es también un resultado del pecado del ser humano (Padilla, 1992: 15). Denunciar la discriminación realizada contra personas y grupos GLTB es un reflejo de la identificación de la iglesia con Dios como lo señala Sider cuando escribe que Dios está de parte de los pobres y los oprimidos, y el pueblo de Dios, si realmente es el pueblo de Dios, también está de parte de los pobres y oprimidos y por lo tanto  no se debe espiritualizar el mensaje de Jesús y pasar por alto el hecho de que, en el corazón mismo de la misión de Jesucristo, había preocupación por la justicia a favor de quienes por cualquier causa eran oprimidos (Sider, 1993: 104, 108).

            Con relación a los derechos humanos por los que la iglesia debe levantar la voz, se debe aclarar que “como creación especial de Dios y portadores de su imagen, todos los seres humanos sin excepción están investidos de dignidad y tienen derechos iguales e inalienables. Estos derechos humanos no se otorgan, se reconocen (Padilla, 1992: 15). Stott describe la perspectiva cristiana de los derechos humanos en los siguientes términos:

En primer lugar, sostenemos la dignidad humana. Como los seres humanos fueron creados a imagen de Dios, para poder conocerlo, servirse unos a otros y ser mayordomos de la tierra, deben ser respetados. En segundo lugar, sostenemos la igualdad humana. Como los seres humanos fuimos creados todos a la misma imagen y por el mismo Creador, no debemos ser obsequiosos con algunos y desdeñosos con otros, sino conducirnos sin hacer diferencias entre unos y otros. En tercer lugar, sostenemos la responsabilidad humana. Como Dios nos ha mandado amar y servir a nuestro prójimo, debemos luchar por sus derechos, con la disposición a renunciar a los nuestros si fuese necesario (Stott, 1991: 174).

            También las personas que practican la homosexualidad tienen estos derechos y por lo tanto la iglesia debe abogar por su reconocimiento. Cuando a una persona se le niega sus derechos, se le niega la dignidad que posee como criatura de Dios (Padilla, 1992: 15). Sin embargo, al hablar de denunciar el pecado de la discriminación, no se hace referencia a todo acto de selección que los activistas GLTB señalan como violación a los derechos humanos, sino a aquellos actos que de facto atentan contra la dignidad de la persona. En este sentido, por ejemplo el acceso irrestricto a ciertos lugares de ambiente familiar,[37] son formas de discriminación que no incumben a la tarea profética de la iglesia. Sí lo son aquellos actos discriminatorios que tienden a etiquetar y humillar a las personas y los que les niegan el acceso a servicios de salud y oportunidades de trabajo, los que atentan contra la integridad física, etc. En este contexto denunciar es exigir el reconocimiento de la dignidad humana de las víctimas y los cristianos deberíamos ser los primeros en hacerlo (Padilla, 1992: 19).

 

D. Anunciar salvación y restauración al homosexual

            Como en toda denuncia profética, el mensaje no puede ser completo si no incluye el anuncio de una posible redención del pecador. El caso de la homosexualidad no es la excepción. Así como la iglesia debe proclamar en forma clara que las relaciones homosexuales son éticamente inaceptables, debe también dejar en claro la plenitud de la gracia para la persona homosexual, no sólo en relación con su condición, sino también con sus actos homosexuales, en base a su arrepentimiento y entrega a Jesucristo. La iglesia debe, por lo tanto, ofrecer en forma realista y esperanzada la posibilidad de la sanidad divina, pues cometerá un gran error si promete una conversión instantánea y simplista, pero cortará cualquier esperanza para un homosexual si ignora esta posibilidad (Smedes, 1982: 80).

            Este desafío para la iglesia contempla tres dimensiones básicas. Primeramente se deben buscar las formas de hacer llegar el mensaje del evangelio a las personas y grupos GLTB. Mario Bergner señala que el primer paso hacia la sanidad del homosexual no es trabajar sobre su orientación y/o práctica homosexual, sino presentarle a la persona al “gran médico en persona, Jesús” (Bergner, 2006: 33). Sabiendo que como subgrupo social con características culturales propias y distintivas, conforman un sector objeto de misiones como lo es cualquier etnia indígena o nación, y por la tanto requieren de medios creativos para alcanzarles con el mensaje de Cristo. En este sentido Stott escribe que:

Una de las mejores formas de compartir el evangelio con los hombres y mujeres de hoy consiste en presentarlo en función de la libertad […]. La libertad es un tema sumamente atractivo […] [y además] es un gran vocablo cristiano. A Jesucristo se lo presenta en el Nuevo Testamento como el supremo libertador del mundo […]. Jesucristo nos ofrece libertad frente a la culpa […], nadie es libre si no es perdonado […]. En segundo lugar, Jesucristo nos ofrece liberación de nuestro propio yo […]. De modo que si la culpa es la primera esclavitud de la que es preciso que seamos librados, el pecado es la segunda […]. Tercero, Jesucristo nos ofrece libertad frente al temor (Stott, 1995b: 43-47).

            Este enfoque podría resultar pertinente debido a que el debate actual sobre la homosexualidad tiene principalmente a la libertad en su centro. También resulta útil en medio de la realidad del temor y de los sentimientos de culpa experimentados por el homosexual. No obstante la tarea no se limita a la comunicación del mensaje del evangelio, sino que requiere del constante acompañamiento pastoral y de una congregación de creyentes, pues el homosexual activo no puede volverse de su vieja práctica por un simple acto de voluntad y por lo tanto su responsabilidad hacia sí mismos tendrá que ser enfocada con más precisión que el simple mandamiento de convertirse en heterosexual (Smedes, 1982: 77). Este acompañamiento requiere que tanto el trabajo pastoral como la actitud de las congregaciones locales sean evaluados y en todo caso reestructurados a fin de que la tarea sea efectiva. En cuanto al acompañamiento pastoral, es evidente que no puede ser realizado por alguien que no tenga clara su postura al respecto de la homosexualidad o que no esté convencido de que Dios puede realmente obrar una transformación y restauración de la vida del homosexual.[38] Por lo tanto, el pastor-consejero deberá examinar sus propias actitudes frente al tema y evaluar su capacidad de ser objetivo y de poder ofrecer y demostrar el amor y la gracia divina a la persona homosexual (Ward, 1984: 135).

            En cuanto al acompañamiento de una congregación, Bergner escribe que: “miles de hombres y mujeres que luchan contra la homosexualidad decidirán entrar a una iglesia. De la respuesta que reciban de la congregación local depende su elección de acercarse o alejarse de la persona de Cristo” (Bergner, 2006: 33). La iglesia tiene el objetivo de lograr la restauración del homosexual como quien es un individuo amado por Dios y de gran valor ante sus ojos, y la única manera de lograrlo es demostrándole que también es de gran valor para la comunidad (Smedes, 1982: 80). La iglesia pues debe en primer lugar erradicar los prejuicios de sus miembros, fomentar el amor para quienes sufren bajo el pecado de la homosexualidad y crear espacios y ministerios apropiados para su desarrollo y restauración.

            En tal sentido vale la pena evaluar hasta qué punto la participación de la iglesia en actividades contra la legalización de las prácticas homosexuales y sus respectivas campañas de comunicación fomentan en los miembros de las congregaciones prejuicios y actitudes que dificultan la integración de homosexuales al cuerpo de Cristo. Tal vez éstas campañas y activismos logren mas prejuicio y rechazo de los creyentes hacia los homosexuales, de lo que la legalización de las opciones no heterosexuales lograría fomentar la propagación de la homosexualidad. Como menciona Smedes, aquí como en otras pocas situaciones, está la iglesia llamada a reflejar una compasión creativa en la vanguardia de la ley moral. Y debe estar dispuesta a vivir con ambivalencia (Smedes, 1982: 80).

 

E. Modelar el ideal divino de género, pareja y familia

            Un quinto desafío para la iglesia es el de ser modelo de la verdad que proclama. Stott dice que “la verdad es poderosa cuando se la defiende con argumentos; es más poderosa aún cuando se la exhibe. Porque la gente necesita no sólo comprender el argumento, sino ver la manifestación de sus beneficios” (Stott, 1991: 84). Este modelo deberá incluir el ideal bíblico de la diferenciación de género y de roles, así como el modelo tipo para la pareja y la familia. La tradición y doctrina anabautista es clara en cuanto a su concepción de este ideal. Por ejemplo, Menno Simons escribió: “bajo este reino y bajo este Rey ningún otro matrimonio debe ser tolerado sino aquel que se realiza entre un hombre y una mujer, tal como Dios lo estableció al principio en la unión de Adam y Eva” (Wenger, 1960: 179). Por su parte, el artículo sobre el matrimonio de la Confesión de Fe de Dordrecht[39] afirma:

Confesamos que hay en la iglesia de Dios y entre los creyentes de sexos distintos, un estado de matrimonio honorable, como Dios lo instituyó en el paraíso entre Adán y Eva, y como el Señor Jesús lo reformó removiendo todos los abusos en que lo habían sumido, y así, restaurándolo a su primer condición. Gén. 1:27; 2:18; 22,24 (Wenger, 1960: 247).

            De modo que la iglesia no puede aceptar el argumento que promueve que el prototipo de familia ha cambiado y que por lo tanto la educación y la ley deben abrirse a la figura de familias conformadas indistintamente por dos papás e hijos, dos mamás, un papa y un hijo, etc. y no sólo al modelo tradicional de papá, mamá e hijos. Afirmar esta realidad de la desconfiguración del modelo familiar como normativa sería tanto como aceptar el analfabetismo como normativo en vista de su aumento y por lo tanto pretender bajar los estándares y disminuir los niveles de educación que por ley los gobiernos deben proveer gratuitamente a la población.

            Aun así, falta demostrar que en la actualidad el modelo bíblico de familia no sólo es posible, sino sumamente necesario. Este modelo, además de ser un testimonio para la sociedad actual, es la forma de transmisión de los paradigmas bíblicos a las nuevas generaciones, pues la educación es primordialmente un asunto de familia, por lo que el hogar es la primer escuela y quizá la mayor influencia de las nuevas generaciones para bien o para mal (Boonstra, 1988: 217), como también lo señala Bond, los padres deben ser quienes les transmitan a los niños una comprensión correcta del sexo en su relación con el amor y el matrimonio. La mejor forma en que los padres pueden ayudar a los hijos en la lucha por la identidad sexual es presentándose como modelos aceptables, pues el papel sexual se aprende por la acumulación de experiencias, mediante aprendizajes casuales y formales y por medio de pautas e instrucciones explícitas (Bond, 1983: 164, 169).

 

F. Educar y formar opinión en la sociedad

            Por último, la iglesia tiene el desafío de constituirse en formadora de opinión para la sociedad. Usando palabras de Padilla “la iglesia está llamada a ser la conciencia de la sociedad” (Padilla 1992: 21). José Miguez Bonino pregunta ¿qué es lo que hacen los cristianos con la realidad de violencia en la que todos estamos activamente involucrados? (Miguez, 1993: 164). Y quizá es posible agregar, ¿qué hace la iglesia con todas aquellas plataformas de comunicación con las que cuenta en su tarea de formar opinión pública? Stott describe la importancia de esta tarea:

Como cristianos somos llamados a dar testimonio de la ley y el evangelio de Dios sin temor y sin disculpas, desde el púlpito (una plataforma con mucha más influencia de lo que generalmente se cree, especialmente en la formación de la opinión pública), por medio de cartas o artículos en periódicos locales y nacionales, discusiones en el hogar y el trabajo, espacios de radio o televisión, por medio de la poesía y de canciones populares (Stott, 1991: 82).

            En este sentido la tarea es tratar de educar la conciencia pública para que conozca y desee la voluntad de Dios. Se debe hacer uso de todos los recursos mediáticos para difundir y promover la verdad bíblica. Si no se puede imponer la voluntad de Dios por medio de las leyes, tampoco es posible convencer a la gente simplemente mediante el uso de citas bíblicas. La iglesia no está llamada a imponer las normas cristianas a la fuerza a un público renuente, pero tampoco a permanecer callados e inactivos frente al derrumbamiento contemporáneo (Stott, 1991: 59).

            En la actualidad, la sociedad está siendo bombardeada a través de los medios educativos y de comunicación con información orientada a la promoción y difusión de las opciones no heterosexuales. A través de estos mismos medios la figura tradicional y bíblica de la familia y de género está siendo cuestionada, ridiculizada y enviada al olvido. En este contexto resulta inaceptable que la iglesia no haga uso de su capacidad de influencia y comunicación para fortalecer no sólo los valores morales bíblicos, sino también para promover formas vanguardistas de responder con el evangelio a las necesidades del mundo actual.

Conclusión

            Se puede concluir que la problemática resultante de la lucha por los derechos de los homosexuales plantea a la iglesia el desafío de denunciar activa y públicamente el pecado de los actos homosexuales y el pecado de los actos discriminatorios. Además impone a la iglesia la necesidad de evaluar críticamente sus propias actitudes al respecto de las personas con orientación y/o prácticas homosexuales, revisando su teología y práctica a fin de crear espacios de atención y servicio para personas que luchan en contra de la homosexualidad y proclamar la posibilidad de salvación y restauración para sus vidas incluida su sexualidad.

            La lucha por los derechos de grupos GLTB, también señala hacia la necesidad de que la iglesia no sólo predique, sino que modele la verdad bíblica que proclama en cuanto a la tolerancia, la diferenciación de género, familia y pareja y a usar los medios que tenga a su alcance para la difusión y promoción de los principios y valores resultantes de esa verdad bíblica.

            Futuras investigaciones deberían abordar la necesidad de responder bíblicamente a las propuestas teológicas que apuntan a favorecer a las prácticas homosexuales[40] así como la búsqueda de propuestas, recursos y formas prácticas de acompañar a quienes luchas por liberarse de su conducta y/u orientación homosexual. Todo esto en la conciencia de que la mejor forma de detener el avance homosexual no es por la imposición ni la restricción legal, sino por alcanzar a hombres y mujeres homosexuales con el evangelio restaurador de Jesucristo, y proclamando por medio de ese testimonio y del amor y la aceptación a los oprimidos por causa de su orientación sexual, que Jesús sigue siendo la solución para los problemas del mundo de hoy.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[1] La palabra “homosexualidad” fue creada en 1869 por Karl Maria Kertbeny en un panfleto anónimo apoyando la revocación de las leyes contra la “sodomía” en Prusia. Fue incluida en “Psychopathia Sexualis” (1886), un estudio de Richard von Krafft-Ebing acerca de lo que en esa época se consideraba como desviaciones sexuales (Rosas, 2007).

[2] La palabra homofobia, “fue utilizada por vez primera en 1971 por el psicólogo estadounidense George Weinberg. Combina de manera irregular las palabras griegas fobia (‘miedo’), con el prefijo homo (‘igual’), que es un apócope de “homosexualidad” (‘sexo con lo igual’). No debe confundirse con el prefijo homo que significa ‘hombre’. El significado corriente es ‘fobia a la homosexualidad’. La lógica de la etimología griega llevaría a la conclusión errónea de que su significado sería ‘miedo a lo que es igual’. Paradójicamente, significa lo contrario” (Rosas, 2007).

[3] Generalmente cuando un hombre adulto tiene relaciones sexuales con un muchacho “menor de 18 años, la pederastia es un delito. En algunos países se ha reducido a los 16 años. Además, la Asociación Norteamericana que promueve el “amor” entre hombres y muchachos (NAMBLA) tiene proyectado reducir la edad mínima a 14 años” (VHI, 2007).

[4] HSH (Hombres que tienen Sexo con Hombres)

[5] ILGA es una asociación que defiende no solo los derechos de los homosexuales, sino también de pederastas y masoquistas. Entre estas organizaciones se encuentra La Asociación de Amor Hombre/Niño de Norte América  (NAMBLA) que como se ha señalado antes, defiende el derecho de los hombres de tener relaciones sexuales con menores.  Desde 1997 ILGA es miembro del Consejo Económico y Social de la ONU (VHI, 2007).

[6] Para ver el contenido completo de este proyecto de ley ver el anexo A.

[7] “El Capítulo V del Código Penal regula los “hechos punibles contra la autonomía sexual” (artículos 128 a 133). Dentro del Capítulo VI “Hechos punibles contra menores”, el artículo 135 establece el abuso sexual en niños y niñas, el artículo 136 determina el abuso sexual en personas bajo tutela, el artículo 137 tipifica el delito de estupro y el artículo 138 los actos homosexuales con niños y niñas” (Codina 2005, 169).

[8] Con relación al concepto de perspectiva de género, en el proyecto denominado “Descentralización y Género: Referencias con respecto a la orientación de género” desarrollado en el 2003, se utilizaron los términos: Dimensión de género, orientación de género, aspectos de género y óptica de género. En todos los casos se hacía referencia a aspectos genéricos entre hombre y mujer, y en ningún caso se aludía a la diversidad de opciones no heterosexuales (DESAD).

[9] Para hacer acto de presencia en el debate nacional sobre esta ley, algunas iglesias formaron la Federación de Asociaciones por la Vida y la Familia (FEDAVIFA).

[10] La versión argentina de esta ley no incluye el término autonomía sexual (Barbagelata, 2007).

[11]  “acerca de lo que dijo Don Benito Juárez García […] su célebre apotegma: entre los hombres, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, no es todo de su autoría; el solo agrego la primera parte, “entre los hombres, como entre las naciones”, el autor de “el respeto al derecho ajeno es la paz”, fue Benjamín Constant, un ilustre politólogo francés posrevolucionario” (Garizurieta, 2005)

[12] El consejo mundial de iglesia es el organismo ecuménico que nuclea a iglesias del llamado tercer mundo para proveerles de un foro de discusión e intercambio y peso propio en las decisiones. El texto de Julio Barreiro, El combate por la vida, reseña la actividad e historia del CMI, y presenta una crónica y los documentos finales de su sexta asamblea realizada en Vancouver, Canadá entre Julio y Agosto de 1983. (Barreiro, 1984).

[13] “El informe de los cuáqueros titulado Towards a Quaker view of sex (‘Hacia una perspectiva cuáquera de la sexualidad’, 1963), por ejemplo, contiene las siguientes afirmaciones: “Así como no deploramos la zurdera, tampoco debemos deplorar la homosexualidad” y “sin duda lo importante es la naturaleza y la calidad de la relación”. También la División de Responsabilidad Social de la Iglesia Metodista, en el informe de 1979, A Christian understanding of human sexuality (Una visión cristiana de la sexualidad humana), declara que las “actividades homosexuales no son intrínsecamente malas”, ya que “la calidad de toda relación homosexual…ha de ser evaluada de acuerdo con los mismos criterios básicos que se han aplicado a las relaciones heterosexuales. Para el hombre y la mujer homosexual, una relación permanente caracterizada por el amor puede ser la manera apropiada y cristiana de expresar su sexualidad”. Ese mismo año (1979), el equipo de trabajo de la Iglesia Anglicana publicó su informe Homosexual relationships: A contribution to discussion (Las relaciones homosexuales: una contribución a la discusión sobre el tema) […] les parecía “imposible negar” que, en determinadas circunstancias, los individuos pueden “elegir justificadamente” una relación homosexual en su búsqueda de compañerismo y amor sexual “similar” al que se encuentra en el matrimonio”  (Stott, 1995: 31).

[14] Para consultar las principales publicaciones teológicas homófilas, ingresar al Website de Otras Ovejas en: <http://www.otrasovejas.org&gt;

[15] “Pablo, describiendo lo que ocurre a la vida humana cuando Dios la abandona a sus propios deseos, nos dice: “Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aún sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza” (Ro. 1:26). Cuando Dios abandona a una persona, la depravación homosexual es una de las pautas intolerables” (Smedes, 1982: 72,73).

[16] “La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello?” (1 Co. 11:14).

[17] Los textos y referencias al idioma griego han sido citados de: Ortíz, P. (1997)  Concordancia Manual y Diccionario Griego-Español del Nuevo Testamento. Madrid: Sociedad Bíblica.   

[18] “vida eterna a los que, perseverando en hacer el bien, buscan gloria, honra e inmortalidad; pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia” (Ro. 2:7,8) RVR1995, SBU.

[19] “Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca” (Col. 3:8), y “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oir, tardo para hablar, tardo para airarse, porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Stg. 1:19,20) RVR1995, SBU.

[20] “Por estas cosas la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas” (Col. 3:6,7) RVR1995, SBU.

[21] Alfred C. Kinsey, (zoólogo) Escribio “Sexual Behavior in the Human Male” (1948) y “Sexual Behavior in the Human Female” (1953) y en base a sus investigaciones,  desarrolló un famoso informe (Informe Kinsey) que hasta ahora representa el punto de partida para la gran mayoría de estudios científicos orientados a justificar la homosexualidad. No obstante, es reconocida la limitada validez de su estudio debido, entre otras cosas, a que fue realizado con voluntarios homosexuales y heterosexuales estadounidenses que en su gran mayoría asistían por tener cierto interés en el tema y simpatizar con sus posturas.

[22] “El 28 de junio se considera el día internacional del orgullo gay y lesbiano” (Stamateas, 1997: 205). Este día suele celebrarse en las grandes ciudades alrededor del mundo por medio de marchas y manifestaciones públicas.

[23] “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?, porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Rom. 6:1-4).

[24] Dunker ejemplifica la existencia de roles intrínsecos para cada género con dos casos: “Veamos la experiencia de los Kibutz de Israel […]. Cuando los primeros colonos se instalaron en aquellas tierras, no había división sexual del trabajo. Las mujeres trabajaban en el campo y conducían tractores, igual que los hombres; éstos trabajaban en la cocina y en la lavandería, igual que aquellas. Hombres y mujeres eran iguales, se pensaba, y podían hacer su trabajo igualmente bien. Pronto se descubrió, sin embargo, que no era así. Por obvias razones biológicas, las mujeres  no podían emprender muchas de las tareas físicas de las que los hombres eran capaces: conducir tractores, recolectar y otras tareas pesadas resultaron demasiado difíciles para ellas. Además […] se veían obligadas de vez en cuando (por causa del embarazo) a abandonar temporalmente aquellos trabajos físicos de los que sí eran capaces […]. De aquí que, a medida que el kibutz se desarrollaba y aumentaba el índice de natalidad, cada vez más mujeres se veían forzadas a abandonar las ramas ‘productivas’ de la economía y a entrar en las de ‘servicios’. Pero había que ocupar los puestos que dejaban libres, y los que los ocupaban eran hombres. El resultado fue que las mujeres se encontraron realizando las mismas tareas de las que se suponía se habían emancipado: cocinar, limpiar, lavar, enseñar, ocuparse de los niños, y otras tareas femeninas”.

 “Los Estados Unidos podrían considerarse otro gran experimento. Allí se han abierto las puertas a una completa liberación en virtud de la cual la mujer disfruta de condiciones que se consideran envidiables para las mujeres de todo el mundo. El resultado de todo esto –después de más de cuarenta años de ajustes- es que “cuatro mujeres profesionales de cada cinco trabaja en alguno de los siguientes campos: enseñanza, enfermería, música, asistencia social, contabilidad, intervención y trabajo en bibliotecas”. […] [Además] Las mismas mujeres le dieron poca importancia al trabajo que realizaban, en relación a las funciones del hogar. Al observar estos datos el autor concluye que “es difícil separar el producto cultural de su base biológica”” (Dunker, 2003: 50, 51, 53).

[25] “Alfred C. Kinsey, a partir de su famosa investigación sobre la sexualidad humana, ubicó a todos los seres humanos en algún lugar de una escala del 0 (una tendencia exclusivamente heterosexual, con atracción hacia el sexo opuesto solamente) al 6 (una tendencia exclusivamente homosexual, con atracción hacia el mismo sexo solamente […]). Entre estos dos polos, el doctor Kinsey marca varios grados de bisexualidad, y hace referencia a personas con orientación sexual doble, indeterminada o fluctuante. Sus estudios lo llevaron a concluir que: el 4% de los hombres (por lo menos de los norteamericanos blancos) es exclusivamente homosexual a lo largo de toda su vida, el 10% lo es durante unos tres años, y no menos del 37% tiene algún tipo de experiencia homosexual entre la adolescencia y la vejez. El porcentaje de las mujeres homosexuales resultó menor, aunque alcanza el 4% en el grupo de edad entre los veinte y los treinta y cinco años” (Stott, 1995a: 7, 8).

[26] Listado de paradigmas basado parcialmente en el presentado por Bernardo Stamateas en su libro Perversiones sexuales (1997)

[27] “Las relaciones de las personas entre sí contienen aspectos que trascienden la legislación positiva, como las pautas culturales y las actitudes humanas que son asumidas espontáneamente ante los compromisos y desafíos de la sociedad, tales como la solidaridad, la reciprocidad y la buena predisposición. Estas actitudes no pueden ser enmarcadas en los documentos legales por su subjetividad y complejidad, ya que dependen más bien de la voluntad de las personas, pero o dejan de ser fundamentales en la convivencia cotidiana para garantizar la sustentabilidad social” (Caballero, 1997: 367).

[28] VHI (Vida Humana Internacional) es la Sección Hispana de Human Life International,  organización provida de fuerte presencia a nivel internacional. La misión de VHI es según sus propias declaraciones “promover y defender la vida y la familia en todo el mundo hispano en fidelidad al Magisterio de la Iglesia Católica, por medio de la oración, el servicio al prójimo y la educación” (VHI, 2007).

[29] Nueva Tolerancia: consultar definiciones en pág. 8

[30] “A los fines de la presente Ley, “discriminación” es toda distinción, exclusión, restricción o preferencia que se establezca por motivos de raza, color, linaje, origen nacional, origen étnico, idioma, religión, opiniones políticas o de cualquier otra índole [énfasis del autor] , incluida la afiliación a un partido o movimiento político, origen social, posición económica, edad, sexo, orientación sexual, identidad de género, estado civil, nacimiento, filiación, estado de salud, discapacidad, aspecto físico o cualquier otra condición social[énfasis del autor] …” (AIREANA, 2006).

[31] “En Is 1.10–17; 3.9, ese pecado es la injusticia; en Jer 23.14, el adulterio, la mentira y la incitación al mal; en Ez 16.49, el orgullo, la vida fácil y la despreocupación por los pobres”.

[32] “El canónigo Montefiore públicamente declaró que Cristo probablemente fue un homosexual. En vez de censurarle o disciplinarle, fue hecho obispo” (Tatford, 1972:11).

[33] Según su Website, el ministerio Otras Ovejas, organizado en 1992, ofrece: Más de 70 centros de documentación (la mayoría en América Latina) para compartir con las minorías sexuales y la comunidad en general, materiales impresos y de video que afirman a las personas de las diversas minorías sexuales y para la educación sobre el SIDA. Dichos centros están en los cinco continentes, incluyendo 19 países latinoamericanos. Cuenta además con dos “Websites” en la Internet, uno en español (www.otrasovejas.org) y uno en inglés (www.othersheep.org), en los que el ministerio presenta escritos de teólogos pro homosexualidad, bibliografía en inglés y en español de materiales relevantes, y enlaces a otros websites afines. Otras ovejas cuenta además con una red creciente de líderes de ministerios GLTB cristianos en diecisiete naciones y enlaces con importantes organizaciones GLTB internacionales , tal como la Asociación Internacional de Lesbianas y Gays (ILGA) y “The European Forum” (El Foro Europeo). Organizaciones locales de Otras Ovejas en Buenos Aires, Argentina, la Cd. de México, St. Louis, Missouri (EUA) y Richmond, Indiana (EUA) donde grupos ecuménicos ofrecen programas y apoyo, para invitar a las minorías sexuales de todas las denominaciones “que vuelven a su casa, la Iglesia”.

[34] En el anexo B, se puede leer el material llamado “ las cinco leyes espirituales de homosexuales y lesbianas”, utilizado por iglesias GLTB para evangelizar y ayudar a salir del closet a esta minoría sexual.

[35] En este caso no se hace referencia a la tendencia a la intolerancia marcada por diferencias culturales, de gustos, intereses, etc. que en algunos casos si podrían ser, no solo toleradas, sino aceptadas como válidas.

[36] abulia. (Del gr. ἀβουλία). f. Falta de voluntad, o disminución notable de su energía (Encarta, 2007).

[37] Como el caso antes mencionado de la denuncia contra un centro comercial por prohibir el ingreso a homosexuales.

[38] “En una publicación de la Universidad de Columbia en octubre de 2003, el Dr. Robert Spitzer dio a conocer los resultados de un estudio aplicado a más de 200 personas que habían superado con éxito la problemática de la homosexualidad. Los resultados científicos de este estudio confirman una realidad que la Biblia proclama: Los homosexuales pueden experimentar una transformación” (Bergner, 2006: 37). 

[39] La Confesión de Fe de Dordrecht fue escrita en primer borrador por Adrian Cornelis, obispo de la iglesia menonita “flamenca” de Dordrecht”. La convención buscaba (y lo logró) la unidad entre diferentes grupos menonitas, principalmente los flamencos y los frisios. Cincuenta y un ministros “flamencos” y frisios” firmaron esa Confesión de Fe. Esta Confesión de Fe fue adoptada por una convención de menonitas holandeses el 21 de abril de 1632 (Wenger, 1960: 238).

[40] Para consultar las principales publicaciones teológicas homófilas, ingresar al Website de Otras Ovejas en: http://www.otrasovejas.org

 

 

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Comentarios

Un comentario en “LOS DERECHOS DE PERSONAS CON ORIENTACIÓN Y/O PRÁCTICAS HOMOSEXUALES Y SUS DESAFÍOS ÉTICOS PARA LA IGLESIA

  1. hello

    Publicado por snowlyjam | 9 julio, 2013, 6:43 PM

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